¿Qué habría sucedido si los esfuerzos para que Messi fuera tomado en cuenta por Argentina hubieran fracasado y hubiera tomado la determinación de jugar por España?
Jorge Messi azotó molesto el auricular del teléfono aquel verano de 2002. A unos metros, su hijo, Lionel, se estremecía ante la rabia de su padre y el mensaje implícito.
“Nada, hijo. Nada”, explicaba el padre, suavizando la mirada y las palabras, al ver a su vástago con la indumentaria del Barcelona B, un balón a sus pies, y la mirada interrogante de la madre, Celia. “Nada, todavía”.
Otra llamada a Buenos Aires. La enésima. Minutos de espera y la respuesta de siempre con la voz lacónica, uniforme, harta, aburrida y él casi podía adivinar el cigarro Derby colgando de la comisura de la boca de la telefonista.
“El señor Hugo Tocalli no está disponible, ya le di su recado. No, el señor Marcelo Bielsa tampoco está disponible y no lo he visto para darle su mensaje. No, tampoco anda por aquí el señor José Pekerman. ¿El doctor Julio Grondona? Está en un congreso de FIFA. Pero, repítame su nombre”, respondía la secretaria de la Asociación de Futbol Argentino, desde aquel vetusto edificio en el número 1366 de la calle Viamonte.
Jorge Messi dio un sorbo al mate. Hizo un gesto, la bebida se había entibiado. Le gustaba caliente para que extrajera todo el sabor fuerte y amargo de ese mate uruguayo, el Canarias Serena, el favorito de la familia.
“Se nos acaba el tiempo hijo. Se nos acaba el tiempo mujer”, expresó, harto también de desperdiciar dinero. Cada minuto de llamada de Barcelona a Buenos Aires costaba un euro, más impuestos. Llevaba gastados más de 200 euros en llamadas a la AFA y a los teléfonos en las instalaciones en Ezeiza, allá por la autopista federal Teniente General Ricchieri. Era casi la mitad de la renta del departamento.
“El profe Juan Santisteban quiere una respuesta inmediata, Leo. Sé que querés jugar con Argentina, pero nadie responde las llamadas… ni los mensajes”, reflexionaba Jorge Messi.
Lionel ya había sido detectado por los buscadores de talento en España. Todos hablaban de sus prodigios con el balón y de la fe depositada en él por el Barcelona, desde que, de manera rústica, Carlos Rexach le había firmado un contrato en una servilleta el 14 de diciembre de 2000 en la cafetería del Club de Tenis Pompeia. El mismo papelito que sería subastado 24 años después por la Casa Bonhams en un millón de dólares.
Justo en ese momento de reflexión y pesadumbre en el hogar de los Messi, sonó el teléfono. Era Iñaki Sáez, responsable de selecciones menores de España.
--Hola, Jorge. La semana próxima concentra nuevamente la Sub-17. Tenemos el tiempo justo para que tu hijo vaya con España al Mundial del próximo año en Finlandia. Tenemos un gran equipo, pero con Leo, sería prácticamente invencible. ¿Ya han tomado una decisión?
Jorge Messi hizo una pausa. La insistencia de España era abrumadora. La diferencia con Argentina era que los entrenadores de La Roja habían documentado los alcances de Leo, y en el universo albiceleste, todo era de boca en boca y con un video que Claudio Vivas, auxiliar de Bielsa, entonces aún entrenador de la Selección Mayor, había llevado a Hugo Tocalli con la urgencia de que lo reclutara, también para ese mismo Mundial en Finlandia.
--Aún no hemos decidido Iñaki. Leo quiere jugar con Argentina. Ha escuchado tanto y visto tanto del Diego (Maradona), que quiere jugar por nuestro país.
Iñaki Sáez ya había escuchado la misma explicación. Insistía, pero no quería acosar ni hartar a la familia.
“Comprendo”, dijo. “Recuerda que muchos amigos y compañeros de Leo en el Barcelona están en estas convocatorias. Se sentirá protegido y más cómodo que comenzar una experiencia totalmente nueva”, replicó el seleccionador, quien ya sabía que pronto dirigiría a la absoluta de España, motivo adicional para reclutar al argentino.
“Dame un par de días. Lo hablo con Leo, con mi esposa, y te avisamos”, respondió Jorge Messi.
“Estaré al pendiente, claro. Incluso podemos sentarnos a comer con la familia, y que entiendan todo lo que queremos ofrecerles”, cerró Sáez.
La Real Federación Española de Futbol tenía un as bajo la manga. Ginés Meléndez, uno de los entrenadores de la institución, era el más devoto de quienes pugnaban por llevar a Leo.
Meléndez le había garantizado a Messi y a su familia una vía rápida para ser reconocido como español a través de “la carta de naturaleza”, otorgada de manera excepcional y por Real Decreto por parte del gobierno ibérico. Esta distinción se otorga sólo por motivos muy especiales (circunstancias humanitarias, culturales, históricas o de interés público).
“Van a adquirir muchas ventajas al naturalizarlos como españoles. Educación, servicios médicos, compras de bienes raíces, distintos capítulos fiscales. Eso se lo ofrecemos a usted, Jorge, a Leo y a toda la familia. Tenemos el apoyo de la Real Federación”, había expuesto Meléndez, al formalizar ese atajo totalmente legal.
Lionel Messi, a los 15 años, entendía una parte de su entorno. Jugaba al futbol, disfrutaba sus momentos en la cancha y escuchaba los elogios, y apenas asimilaba puntualmente la admiración absoluta que despertaba. Pero, para él, todo era Argentina y la poderosa imagen que se presentaba ante él, por la leyenda de Diego Armando Maradona. La magia del “10”. La herencia del “10”.
Pero Leo también quería jugar ya un Mundial. Y le decepcionaba el silencio por parte de Argentina, especialmente porque esa aparente indiferencia decepcionaba aún más a sus padres, a Jorge y a Celia. Además, ahí se encontraría con Piqué, Cesc Fábregas, David Silva, y ya lo alentaban a agregarse Andrés Iniesta y Xavi Hernández. Sí, su segunda familia, la de los pertenecientes a Cadete B en La Masía, lo esperaban ahí.
Mientras tanto, en Buenos Aires, sí había interés por Lionel Messi. Claudio Vivas, auxiliar de Marcelo Bielsa, había entregado un casete VHS a Hugo Tocalli, entrenador de la selección Sub-17 que acudiría al Mundial de Finlandia, el cual contenía unos minutos de las florituras letales del pibe.
“Marcelo (Bielsa) lo quiere con Argentina, porque España ya lo busca”, dijo Vivas a Tocalli, quien ya tenía armado su equipo para Finlandia 2003.
Pero, las líneas estaban cortadas. Los puentes estaban rotos. Ni en Argentina tomaban las llamadas de Jorge Messi. Ni en Buenos Aires sabían cómo localizar al padre de Leo. Tiempos de limitaciones telefónicas, y sin la inmediatez imparable de los celulares infalibles, las redes sociales y demás recursos actuales. En ese entonces, apenas el Messenger de MSN y AOL, empezaban a popularizarse, y en casa de Leo no había computadora, ni todos los entrenadores argentinos disponían de una.
Para colmo, el casete VHS que el promotor de Messi, Horacio Gaggioli, había entregado a Vivas, con las peripecias de Leo, se había traspapelado en la oficina de Tocalli y alguien lo había utilizado para grabar un video de emergencia de la práctica de Argentina en Ezeiza.
Es decir, el testimonio visual de Lionel Messi se había perdido, a pesar de la casi castrense organización de Bielsa de todos los casetes en su infinito archivo.
Jorge Messi llegó a pensar en tomar un vuelo a Buenos Aires con la copia que tenía del casete que Gaggioli había puesto como destinatario a Bielsa. Pero los costos eran muy elevados y la travesía lo mantendría varios días lejos de la familia. No eran tiempos para aumentar la angustia y la ansiedad de Leo.
Un día después de la desazón en el hogar de Messi, llegó la infame señal esperada. Sí, la gota que derramaría el vaso de la paciencia, la esperanza y la ilusión del clan Messi.
Jorge llamó de nuevo a las oficinas de la AFA y a las de Ezeiza. La telefonista de la AFA le recetó y le recitó la misma letanía. “No, señor, no están ni los señores Grondona, Bielsa, Tocalli, Vivas, ni nadie que pueda atenderle. ¿Me repite su nombre?”.
Pero, justo antes de colgar, Jorge Messi escucha el rezongo final de la secretaria con alguien más en la oficina. “Es ese tipo que dice que tiene un hijo que es un genio jugando al fútbol ¿Cuántos cuentos iguales he escuchado yo? Después del Diego (Maradona), no tendremos otro. Ya me hartó”.
El desafortunado comentario no sólo llegó claro a Jorge, sino también a Celia y a Leo. Era claro que en Argentina no estaban interesados. Un puchero congestionó el rostro del muchacho, ante el rostro encendido del padre y la compunción de la madre.
Acto seguido, Jorge Messi decide hablar con sus hombres de confianza, Horacio Gaggioli y Josep María Minguela, y los invita a casa. “Es el momento hijo, Argentina no nos responde y España no deja de insistir, pero la decisión es tuya”. Leo sólo asintió con la cabeza. Soñaba con la camiseta de Argentina, con el número 10, el del Diego, pero también le ilusionaba jugar con sus amigos barcelonistas en un Mundial.
El único consternado, al enterarse de la decisión, era Gaggioli, quien había hecho todo lo posible para que Leo jugara por Argentina, pero compartía la decepción. “Tampoco tengo respuesta. Es una lástima, pero lo importante es el futuro de Leo”, dijo el representante, quien había cerrado la operación junto con Minguela, en la firma de aquel acuerdo en una servilleta con Carlos Rexach, que vincularía a Leo con el Barcelona.
Gaggioli y Minguela llevaron la noticia a Iñaki Sáez. En la RFEF se desató un sismo de euforia. De inmediato se echó a andar la maquinaria de la Real Federación Española para acelerar los trámites de naturalización de Lionel Messi y su familia. El camino era expedito y sabían qué puertas tocar y qué hilos jalar.
Juan Santisteban de inmediato tramitó su convocatoria. Los esfuerzos de Iñaki Sáez y Ginés Meléndez arrojaban frutos.
En el seno del Barcelona B, la noticia fue tomada con júbilo. Al menos siete de sus jugadores eran candidatos para formar parte del plantel final para el Mundial de Finlandia. La bienvenida y las felicitaciones reconfortaron a Leo. Se sintió seguro de haber tomado la mejor decisión.
Lionel no tenía ninguna confusión: Argentina siempre sería su patria, pero le ilusionaba ese número 10 en La Roja. Ya no sería el segundo Diego para Argentina, pero sería el primer Leo con la 10 para España.
Y de inmediato llegó la paz a la familia Messi. Frank Rijkaard ya contemplaba a Leo para el primer equipo; las propuestas, el trato, los detalles para que Leo jugara con España, abrumaban generosamente a la familia. No más presión, no más ansiedad, no más llamadas, no más desesperación.
En el fondo, Jorge y Celia entendían también que era lo más conveniente para todos. Entendían, y se lo hacían saber a todos sus hijos, que naturalizarse españoles era una oportunidad, pero que jamás compartiría un espacio con el sentimiento de pertenencia y arraigo con Argentina.
“España es tu país en la cancha, pero Argentina siempre será tu patria en el alma. Eso nadie lo cambiará. Jugá orgulloso como español, pero viví siempre orgulloso como argentino”, le dijo Jorge a Leo, mientras se abrazaban fuertemente, al despedirlo cuando se embarcaba con la delegación argentina rumbo al aeropuerto de Helsinki, Finlandia.
“Regresaremos campeones, con Leo, no tengo ninguna duda. Juega de memoria ya con todo el grupo”, le dijo el entrenador Santiesteban a Jorge y a Celia.
El destino prepara al ajedrez jugando siempre con las fichas blancas. Y el fatalismo y sus antojos torcidos se confabularon para que en las Semifinales del Mundial Sub-17, se enfrentaran dos de los favoritos: España y Argentina, la noche del 27 de agosto de 2003 en el Estadio Finnair (hoy Bolt Arena) de Helsinki.
Para entonces, ya la delegación argentina había visto y escuchado de un argentino naturalizado español. Sus huellas estaban marcadas claramente en las victorias aplastantes sobre Sierra Leona, Corea del Sur y Estados Unidos, en el Grupo B.
En Cuartos de Final, ante Portugal, España y Lionel Messi dieron otra brillante exhibición del poderío rojo, plagado de buenos futbolistas y una sangre barcelonista. El árbitro de ese partido, el argentino Gabriel Brezenas, se acercó a Leo. “¿Sos argentino?”, le preguntó. “Sí, pero dentro de la cancha soy español”, fue la respuesta.
Antes, al término del partido en que España vence a Estados Unidos, el árbitro brasileño Heber Lopes, estaba escandalizado. “Hay un muchacho con España, que dicen que es argentino, que tiene detalles de Pelé y Garrincha. Tienen que verlo”.
Sí. Ya en Finlandia se hablaba de Leo, como a partir de Suecia 1958, el mundo entero empezaría a hablar de Pelé.
Y Hugo Tocalli estaba al tanto. Después del partido en que los argentinos eliminan a México en Cuartos de Final, viaja de Lathi a Tampere, en un trayecto de casi tres horas por carretera. Quería ver España ante Portugal, por dos razones. De ahí saldría su rival inmediato en Semifinales y quería corroborar lo que se hablaba de Messi, ese mismo que, finalmente, no pudo reclutar para Argentina.
Esa misma noche regresó a la concentración de Argentina. Llegó de madrugada y de inmediato se reunió con sus asesores. Los jugadores albicelestes esperaban ese día un entrenamiento ligero, pero, se encontraron con un despliegue como si fueran a jugar la Final.
Tocalli hizo ajustes, especialmente con trabajos defensivos de los mediocampistas cerrando espacios por los costados, y con sólo un delantero. Había visto la amenaza roja… y la amenaza albiceleste vestida de rojo. Hizo ajustes con Lucas Biglia, Ezequiel Garay, Nery Cardozo, Alejandro Faurlín y especialmente con el goleador de ese Mundial Sub-17, Hernán Peirone, para que encimara más la salida de los defensas.
Poco pudo hacer. La Roja era una aplanadora. Al verse en desventaja, y entendiendo el revulsivo absoluto que era Leo, intentaron cazarlo, sin conseguirlo. Un partido complejo y cerrado, pero que terminaría con la victoria de España y su pase a la final.
Al final del partido, Hugo Tocalli se acercó a Leo. “Si algún día quieres regresar a casa, te estaremos esperando, Hay una camiseta con el número 10 para ti”. Messi sólo inclinó la cabeza. Los tiempos ya estaban marcados.
Los padres de Leo habían hecho el viaje a Finlandia, apoyados por la RFEF, como parte de las negociaciones para que Leo jugara por España. Jorge Messi se acercó a Tocalli. “Lo intentamos siempre. Leo quería jugar por nuestra Argentina, pero no hubo respuesta”. La respuesta de Tocalli estaba cargada de pesar: “Una lástima”, dijo. “Pero, aún hay tiempo. Está en edad de reconsiderarlo”.
Sin embargo, Jorge y Celia veían la felicidad extrema de Leo festejando con su segunda familia el primer título de su carrera. “Creo que él (Leo), ya decidió”.
Brasil fue el rival de España en la Final. Phelipe Leal, el técnico auriverde, ya había visto y se había sorprendido de la calidad de Leo. Sólo que él no quiso modificar ni inventar nada. Estaba decidido a que el Scratch de Ouro hiciera lo que tan bien sabía hacer: jugar al futbol.
Brasil tenía a diamantes en su nómina: Abuda, Éderson, Evandro, Thyago, Arouca, Leonardo. Era el segundo equipo más goleador de la competencia, sólo después de España y empatado con Colombia.
El trámite del partido resultó de gran intensidad, pero marcado por la potencia atlética y física de los brasileños, especialmente porque hacían sentir ese rigor y esa superioridad física en cada jugada. Al final, un balón de fantasía de Leo, encuentra a Cesc Fábregas quien marcaría el gol del título para España.
Fábregas sería el Botín de Oro, pero el Balón de Oro al mejor jugador sería para Lionel Messi. Éste había probado el enajenante néctar de la victoria y la gloria. Sí, su padre tenía razón: sería español dentro de la cancha, pero argentino toda la vida.
Ya en el vestidor, su primera pregunta para el entrenador Santiesteban fue muy directa: “¿Aún podré jugar en el Mundial Sub-17 de Perú?”.
“No”, fue la respuesta. “Pero vamos a ganar el Mundial Sub-20 en Holanda (Países Bajos) en 2005”.
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Esta es una historia ficticia que recrea el qué habría pasado si Lionel Messi hubiera elegido jugar por España en lugar de Argentina, algo que, no estuvo tan lejos de haber sucedido en la vida real.
