Juan Carlos Rodríguez se ha puesto a trabajar en todas las piezas del futbol mexicano, pero, ¿llegará la selección que nos haga sentir orgullosos?
Para que una máquina funcione, es necesario que todas las piezas que la componen sean las requeridas, se ubiquen en el lugar que les corresponda y ejecuten su propósito de manera óptima y eficiente. Todo debe sincronizarse y armonizarse de manera perfecta, tanto en el exterior como en en su interior, para obtener de ella lo que se pretende. Si no fuese así, habría que hacer el diagnóstico necesario para percatarnos de la o las fallas que acuse para tomar la decisión de arreglarla o dejarla como está.
Me da la impresión de que en el seno de la Federación Mexicana de Fútbol se ha tomado la decisión de arreglar una maquinaria que casi no ha producido lo que se ha querido de ella desde hace décadas: contar con una selección nacional competitiva, bien estructurada y que su propósito vaya mucho más allá de alcanzar los cuartos de final de la siguiente Copa del Mundo en turno; mantenerse en la cima de la CONCACAF (de la que indudablemente ya hemos sido removidos por los Estados Unidos) y dar la campanada en la Copa América o en cualquier otro torneo al que haya sido invitada.
Parece ser que con los 12 Pilares del Plan de Trabajo de la Femexfut, recientemente presentados ante los medios, los directivos encabezados por su Comisionado Presidente, Juan Carlos Rodríguez, han decidido ponerse a trabajar en cada una de las piezas del engranaje que compone al fútbol mexicano. Me parece absolutamente necesario que se hable de la forma, pero me gustaría que se indicara cómo piensan llegar al fondo de cada uno de los mencionados pilares. Una reestructuración, porque claramente lo es, no tendría sentido si sólo se atendiera en lo superficial, por encima, dándole simplemente una maquillada a lo que por muchos años y de manera evidente, no le ha servido ni a la selección ni al balompié azteca.
No quiero emocionarme con la posibilidad de que por fin, en algunos años, tengamos a un Tri del que verdaderamente nos sintamos orgullosos y que compita, hasta el límite de sus capacidades, con los mejores equipos del mundo. Sin embargo, tampoco me cierro por completo a las bondades que de suyo se observan en el proyecto y otorgo, no sin mis razonadas reservas, el beneficio de la duda a la nueva estructura planteada. Por otro lado, estoy convencido de que hacía muchísima falta que apareciera un cambio en el discurso de siempre y que sus respectivos argumentos se hayan hecho de forma tan directa y contundente como lo hizo “La Bomba” desde el momento en que entró al escenario futbolero nacional. Anticipo, amable lector, que nunca me he dejado impresionar por los discursos de la índole que sean, y más bien he sido un crítico desde mi fuero interno de aquellos a los que les gusta hablar mucho y hacer poco o nada.
Hay algo a lo que todavía me niego a creer que suceda pero que deberá ser el cimiento, la piedra angular sobre la que necesariamente se asiente esta nueva estructura: la total voluntad y apoyo de todos y cada uno de los dueños de los equipos. Será que no los he escuchado o aun no se manifiestan al respecto, pero de nada servirá todo lo que se diga y se pretenda si no existe el compromiso y se asuma total y absoluta responsabilidad de apoyar, no a Juan Carlos Rodríguez, no a Ivar Sisniega, no a Mikel Arriola o al entrenador nacional en turno sino al fútbol mexicano en su acepción más amplia. ¿A qué me refiero con su apoyo? Simplemente a que estén dispuestos a tomarse de las manos, por más rasposas o callosas que estén, y jalar en una misma dirección, aunque para ello tengan que sacrificar parte de sus intereses económicos.
Si en verdad deseamos que este proyecto no nazca muerto y podamos lograr que la máquina funcione, que todas sus partes estén donde deben estar, se encuentren bien aceitadas y que cumplan con cada uno de sus objetivos, entonces asumamos todos (incluyendo a la afición y a los medios de comunicación) el compromiso que, en su justa medida y de acuerdo a su particular naturaleza, nos corresponde. Lo contrario sería aceptar que todo lo que dijo Juan Carlos Rodríguez en la magnífica entrevista que le hizo Alberto Lati, fue sólo un bonito discurso.
