La Marcha Tricolor del 'sí se puede'... porque jamás se pudo

EKATERIMBURGO -- ¿De dónde vienen? ¿A dónde van? Ellos. Todos. De sangre roja y con lustrosas escamas verdes. El alfa y el omega no son su principio ni su final... todo lo contrario.

¿De dónde vienen? ¿Y a dónde van? Y no se trata del origen. No se trata de ese vientre regional. No se trata de código postal. Todos son inquilinos del Quinto Patio del futbol...

¿De dónde vienen? ¿Y a dónde van? Y no es hablar sólo de los rumbos del futbol. No se trata de sólo estadios ni de sedes ni de ciudades ni de FanFest: es el más largo peregrinar, porque nunca llega a Utopía y siempre regresa a casa.

¿De dónde vienen? De ese retiro, de ese claustro, de ese oratorio, donde terminan remitidos y abnegados cada cuatro años, cuando las expectativas, las ilusiones rebasan el cruel abismo de la realidad de su selección mexicana. Los calabozos de la fe. De ahí vienen, ahí volverán...

¿De dónde vienen? De una misma tierra, de ahí, donde la aridez de conquistas y de logros los agazapa pacientes arrimando fuerzas y arrejuntando ilusiones para cuando llegue el ritual necesario de otro Mundial. Los corazones tricolores, ajados, resucitan en la cámara hiperbárica de su esperanza. No hay mal que dure cuatro años, como fanático que no los aguante...

¿De dónde vienen? De un país donde la Rosa de los Vientos se contagió del demencial fanatismo y se quedó varada en el punto cardinal de lo imposible. Porque ser campeones del mundo es un destino más remoto que Jumanji (en zulú significa “muchos efectos”).

¿De dónde vienen? De esa Montaña Rusa de la incertidumbre, de vivir confundidos sobre si el Quinto Partido es el Paraíso Terrenal o es el Día del Juicio Final, por ese desazón tétrico de no querer saber si después de ese Quinto Partido hay algo más…

¿De dónde vienen? Algunos de la opulencia, otros del sacrificio y unos más de la bancarrota absoluta. Unos se perfuman en los excesos y otros naufragan en la escasez. Unos ejercen la gula, otros capotean el apetito, y unos más ensalivan el hambre.

¿De dónde vienen? ¿Y a dónde van? Moscú. Rostov. Ekaterimburgo. Samara. Destinos exóticos, para estos expatriados renegados del Azteca, del Jalisco, de Chivas, de Torreón, de La Bombonera, del Cuauhtémoc, de Monterrey, o simplemente del acojinado estadio universal de la televisión.

¿Y a dónde van? A donde la fiesta seduce, a donde, cantaría Guadalupe Trigo, se vista de charro y se ponga a cantarle al amor. La impericia del idioma no impide la pericia del zalamero arrumaco. Gandalla mexicano mata carita ruso...

¿Y a dónde van? Ahí, donde el encanto del canto de las sirenas, ese el del #ImaginémonosCosasChingonas, les diga que aguarda el feliz Tesoro de la Noche Triste, que hay un Edén, que la Tierra Prometida no era una marcha exclusiva de Moisés. ¡Vamos! Que el futbol mexicano tiene su propia Tenochtitlán...

¿Y a dónde van? Hasta el Santuario de la Rosa de Guadalupe. Lo encontraron donde habían llegado sólo con cirios: en Luzhinkí, ante Alemania. Le pegaron al campeón del mundo y al hijo privilegiado de los apostadores. Y a desbocarse en la ebriedad absoluta del festejo, porque, cantaban, el adiós sería el 15 de julio en Moscú...

¿Y a dónde van? Pero el colapso brutal llegó justo a donde llegaron ungidos y urgidos de carnaval: Ekaterimburgo ante Suecia, pero Corea del Sur sacó de la tumba a su selección mexicana, y le respiró del aliento divino como a Lázaro, y le pintó una cruz con sangre fresca de Alemania. Levántate y anda, o mejor, levántate y ¡ándale!, ante Brasil...

¿Y a dónde van? Camaleones de sus propias urgencias, alargan las noches esperando vuelos que no existen en los aeropuertos, y algunos confiesan travesías felices en los trenes rusos, donde carraspean con el vodka áspero, crudo, de otros viajeros, y les comparten el reflujo serpenteante del elíxir llamado tequila...

¿Y a dónde van? Su destino, ya lo saben, sólo esperan conocer el mausoleo de sus utopías, que puede ser Samara, ante esos malditos brasileños de bendito futbol que amenazan con el sepulturero mayor, Neymar...

¿Y a dónde van? Ahí, a inaugurar la enésima sala del museo de sus tragedias, cobijarse con la mortaja tricolor y tragarse amargo el epitafio de sus correrías, con el último Cielito Lindo, con el último gorgoreo de tequila y con el primer puchero, ese, el del sí se podía, pero nunca se puede, porque jamás se pudo...

¿Y a dónde van? Ahí, a donde comenzaron, a la despiadada crujía de sus ilusiones, en ese parto paciente de cuatro años, porque Catar está lejos en el mapa, pero a una pestañita de cualquier aeropuerto...

Sí, algunos dicen que son 25, otros que 30 y otros más que 35 mil. Siempre serán muchos, siempre serán demasiados y siempre serán insuficientes. Una turba que es capaz de festejar en la desgracia, mejor incluso que en la prosperidad de la victoria...

¿De dónde vienen? ¿Y a dónde van? Justo ahí, al fin del principio, que en cuatro años volverá a ser, sí, el principio del fin...