En su casa es Julio Daniel, así, con los dos nombres completos, donde lo consienten con la mejor comida cubana casera.
Para el resto del mundo, es J.D, por esa costumbre que tienen los estadounidenses de usar siglas para recortar los nombres compuestos.
Los Astros de Houston deben estar lamentando su falta de paciencia con J.D. Martínez, el pelotero miamense de raíces cubanas, a quien escogieron en la ronda 20 del draft amateur del 2009 y al que dejaron en libertad el 22 de marzo del 2014, poco antes del inicio de la temporada.
Dos días apenas estuvo desempleado y el 24 de marzo cambiaría su suerte para siempre, al firmar un pacto de Ligas Menores como agente libre por los Tigres de Detroit.
Los Tigres observaron un potencial que no fueron capaces de ver los Astros y ya sea por agradecimiento o porque cada jugador tarda un tiempo diferente en madurar, Martínez se convirtió de inmediato en uno de los principales pilares ofensivos del equipo, a la sombra del venezolano Miguel Cabrera.
En ese año, en apenas 123 juegos, despachó 23 jonrones, uno menos de los que consiguió con Houston en tres temporadas.
El año pasado se ganó su primera convocatoria al Juego de las Estrellas y terminó con 38 bambinazos y 102 carreras remolcadas, para ganar el Bate de Plata.
''Cuando los Astros me dejaron libre sentí como que se había abierto el mundo bajo mis pies y que todo el esfuerzo que había hecho a lo largo de mi vida para llegar a las Grandes Ligas había sido en vano'', dijo J.D. en su visita a Miami para el inicio de temporada con dos juegos interligas ante los Marlins.
En realidad, sus números con los Astros no fueron desastrosos, teniendo en cuenta que no recibió todas las oportunidades para desarrollar su potencial. Más bien, Martínez fue víctima de la sabermetría, de las estadísticas modernas que soslayan en fuego interno que forja a los peloteros.
''Por suerte fueron sólo dos días, así que no tuve tiempo de pensar mucho. Sólo me convencí de que tenía que convertirme en un estudioso del juego, en observar cada detalle del rival para explotarlo a mi favor''.
Por eso no es raro verlo en el dugout tomando notas en una libreta, sobre todo después de cada turno al bate, ya haya sido exitoso o no.
Definitivamente, el estudio pagó dividendos. Esa capacidad de observación que desarrolló le permitió incluso corregirle un defecto temporal nada menos que a Cabrera, el mejor bateador que haya en todo el béisbol.
Pero es que sólo los grandes bateadores, como el venezolano, caen en malas rachas. Los malos apenas consiguen buenos momentos esporádicos.
Cabrera estaba haciendo algo diferente en su swing y de ahí que los resultados no fueran los mejores, hasta que J.D. le dijo y el toque mágico de siempre regresó a las poderosas muñecas del cuatro veces líder de los bateadores de la Liga Americana.
Y es ese estudio concienzudo del juego el que le ha permitido convertirse hoy en uno de los bateadores más temidos del joven circuito.
''Trabajo duro todos los días, para que nadie pueda reprocharme que no hice mi mayor esfuerzo. Estaré eternamente agradecido con los Tigres por darme esa segunda oportunidad cuando llegué a dudar de mí mismo''.
''No sé qué me depara el futuro en este negocio, donde cambiar de equipo es algo normal, pero claro que me gustaría terminar aquí el resto de mi carrera'', señaló el cubanoamericano de 28 años, quien se convertirá en agente libre después de la temporada del 2017.
