Allá por 1970, Alain Delon y su gran amigo Jean Paul Belmondo habían filmado “Borsalino”, una película de gangsters ambientada en Marsella en los años '30 en la que -entre otras cosas- se animaban a cruzar guantes en un ring de boxeo.
Seguramente Carlos Monzón había disfrutado mucho de aquella película.
Cuando hacía sus concentraciones en la ciudad de Buenos Aires, antes de ser campeón del mundo -y por supuesto, después- recorría la emblemática calle Lavalle que nace en el Luna Park y que era conocida como "La calle de los cines".
Monzón, fuera del horario de gimnasio, veía cuánta película de acción podía. Especialmente la de pistoleros y “las de cowboys”, como se llamaba entonces a los westerns.
Carlos tenía gustos muy sencillos.
Cuando ganó el campeonato del mundo en 1970 frente a Nino Benvenuti y volvió a Buenos Aires antes de salir para su amada Santa Fe, le ofrecieron una suite en un hotel de 5 estrellas, recién inaugurado y a 10 cuadras del Luna Park.
“No, gracias, pero me quedo acá” acá dijo, señalando al “Plaza Roma” que estaba enfrente al estadio. “Aquí paro siempre y no voy a cambiar ahora”.
Asomado al balcón que daba a la calle Bouchard -en donde solía colgar su ropa, que lavaba después de cada entrenamiento- Monzón saludó a su pueblo con los brazos en alto acompañado de su mujer, “Pelusa".
La primera defensa del campeón
El 8 de mayo de 1971, Carlos enfrentó su primer desafío como titular del mundo de los medianos. La pelea no registraba grandes dificultades, porque era combatir otra vez más con Nino Benvenuti.
Sólo que esta vez el escenario iba a ser el Estadio Luis II de Monte Carlo, en el principado de Mónaco.
En el ringside se acomodaron -entre otros-, el Príncipe Rainiero junto a su hija mayor, la princesa Carolina, David Niven y - seguramente para gran sorpresa de Monzón- estaba allí, ansioso por ver su pelea, Alain Delon, a quien él iba a ver a los cines de la calle Lavalle.
Como eran otros tiempos. Nicolino Locche reinaba entre los welter junior y Ringo Bonavena venía de perder con Alí en diciembre pasado. Joe Frazier había derrotado a Alí en marzo y en junio, “Mantequilla” Nápoles recuperó sus coronas welter ante Billy Backus.
Luego de consagrarse campeón ante Benvenuti, el 7 de noviembre de 1970, en Roma, Carlos reapareció en el Luna Park ante Charley Austin, el 19 de diciembre, y lo noqueó en dos asaltos.
No fue lo único.
Hizo dos peleas más.
En febrero de 1971 enfrentó a Domingo Guerrero -un boxeador de apenas 8 peleas- a quien hizo abandonar en dos vueltas la ciudad de Salta y el 6 de marzo en Santa Fe -por fin ante su público- y ganó por nocaut técnico en el segundo a Roy Lee.
Finalmente, llegó el turno de la revancha con Nino Benvenuti, quien, a su vez, venía de perder con el sanjuanino José Roberto Chirino, por puntos, el 17 de marzo en Bologna, tras haber caído dos veces. Como mínimo, alarmante pronóstico para Nino.
Todo duró menos de 9 minutos para él.
Era evidente que esa pelea había sido programada por las dudas de que hubiese algo raro en la primera, pero en realidad, y luego del tremendo nocaut logrado por Carlos, una revancha no se justificaba.
Sea como sea, en ese caso Lectoure se aseguró que el referí fuera el argentino Víctor Avendaño, excampeón olímpico. El hombre que, en noviembre de 1972, sería el referí del triunfo por puntos de Carlos frente a Bennie Briscoe. Aquella famosa noche en la que Carlos miró el reloj.
Benvenuti sabía lo que había sufrido en la primera pelea.
Monzón, ahora campeón, salió desde el primer asalto a definir rápido. Después del primer round, en el segundo derribó al italiano con un tremendo gancho al hígado.
Benvenuti no estaba ni anímica ni físicamente preparado para esa pelea.
El final llegó en el tercero, cuando voló la toalla que Nino aparatosamente pateó para sacarla del ring, demostrando -o queriendo demostrar- que quería seguir peleando.
Años más tarde, conversando con Benvenuti, nos dejó una confesión: “En el primer round me quejé al referí, porque me estaba pegando en la nuca y los riñones. Avendaño me miró casi con una sonrisa, dejando seguir la pelea. En ese momento me di cuenta de que no podía ganar de ninguna manera”.
Por su parte, Bruno Amaduzzi, el hombre que lanzó la toalla, expresó con sencillez: “Pensé en mis hijos; hubiera sido criminal continuar la pelea. Nino tenía los ojos en blanco y la espuma le escapaba por la boca”.
Sin embargo, después de la pelea, más que festejar, Carlos se quejó: “Creí que me moría”, llegó a decir. “No podía ni siquiera tomar los cubiertos con la mano derecha”.
Apenas llegado a Santa Fe, Amilcar Brusa, preocupado por los dolores, llamó al doctor Luis Serrano. Cuando el profesional le clavó una aguja en el mismo lugar en donde había sido infiltrado, tenía mucho pus.
“Te pusieron corticoides en la articulación. lo que fue un grave error”, le explicó.
Lo llevaron de inmediato al Hospital Ferroviario y el doctor Juan Carlos Abraham manejó todo. Eliminaron los problemas de fisuras en los metacarpianos y los callos óseos que se formaban en la zona.
“Esa operación le salvó la carrera”, recordó el doctor Roberto Paladino quien, después de la revancha con Benvenuti, fue su médico personal. “A veces cuando a Carlos le ponía alguna inyección, contraía el músculo de tal manera que una vez hasta dobló una aguja”.
El mundo seguía andando. Lo esperaba con el tiempo y en el estadio Luna Park uno de sus compromisos más importantes, porque iba a estar frente a frente con el gran Emile Griffith.
