Arruabarrena volvió a Boca en un momento en el que el equipo necesitaba reconstruirse. Regresó diez años después, tras recorrer otros caminos, dirigir en destinos "exóticos" y vivir experiencias que inevitablemente transformaron al entrenador que había dejado el club en 2016.
El Xeneize venía de un semestre complicado, después de la eliminación de la Copa Libertadores, y el segundo tramo del año lo encontraba con mucho en juego: el Clausura, la Tabla Anual, la Copa Sudamericana y la Copa Argentina. El Vasco apareció para hacerse cargo de ese escenario y, con el paso del tiempo, también fue apareciendo un entrenador diferente al que había dejado el club una década antes.
Se lo escucha hablar de fútbol con mayor naturalidad, se muestra más suelto frente a los micrófonos, con menos "cassette", como se dice en la jerga futbolera y transmite una personalidad que no siempre había quedado expuesta durante su primer paso. Es como si el tiempo le hubiera permitido entender qué entrenador quería ser.
Esa transformación no quedó solamente en sus declaraciones: también se trasladó a la conducción de un equipo que fue de menor a mayor, encontró una identidad y hoy pelea en todos los frentes que todavía tiene abiertos.
El Vasco que se había ido de Boca
Para entender qué cambió hay que volver a aquella primera etapa. Arruabarrena llegó en 2014 y tuvo rápidamente que afrontar dos de las eliminaciones que más marcaron la historia reciente de Boca ante River: la semifinal de la Copa Sudamericana de ese año y los octavos de final de la Copa Libertadores 2015, con el recordado episodio del gas pimienta.
Pero después llegó un segundo semestre en el que Boca parecía tenerlo todo. El regreso de Carlos Tevez se sumó a un plantel que ya contaba con Daniel Osvaldo, Jonathan Calleri, Nicolás Lodeiro y muchas otras variantes. El equipo ganó los seis partidos de la fase de grupos de la Libertadores y terminó 2015 con el campeonato local y la Copa Argentina.
Sin embargo, la abundancia también planteaba otro desafío para el entrenador: administrar un plantel repleto de nombres y encontrar una estructura que pudiera sostenerse más allá de las individualidades. El ciclo terminó en 2016, tras la derrota 4-0 ante San Lorenzo por la Supercopa Argentina.
Aquel Vasco se fue con dos títulos, pero también con una experiencia que, diez años después, forma parte de la explicación del entrenador que volvió.
El otro Vasco: diez años después, una década para aprender
Desde aquella salida, Arruabarrena siguió su carrera lejos de Boca. Dirigió en Emiratos Árabes Unidos, Qatar y hasta pasó por la Selección de Emiratos Árabes Unidos y tener una experiencia al frente del AEK Atenas. Fueron distintos "exóticos", otros planteles y otras exigencias que terminaron formando al entrenador que regresó diez años después.
No volvió siendo el mismo. Tampoco tenía por qué hacerlo. El tiempo y las experiencias modificaron su manera de interpretar el fútbol, de conducir un grupo y también de mostrarse. Quizás por eso hoy se lo ve más auténtico, más dispuesto a explicar lo que piensa y menos preocupado por esconder detrás de frases hechas aquello que sucede dentro de una cancha.
Y ese aprendizaje también se puede encontrar en la manera en la que afrontó el desafío de reconstruir a Boca.
La mentalidad como punto de partida
Una de las primeras transformaciones estuvo en la cabeza. Boca necesitaba recuperar confianza después de un período de golpes y el equipo tuvo que aprender a convivir con partidos en los que no todo salía de acuerdo con el plan.
El cambio de mentalidad fue una de las principales improntas que le dio Arruabarrena al equipo. El Xeneize empezó a responder mejor cuando recibía un golpe, a sostener los partidos y a entender que una situación adversa no necesariamente significaba que la historia estuviera terminada.
En ese proceso también tuvo una incidencia importante Leandro Paredes. Su llegada le dio al equipo personalidad, pausa y jerarquía, pero también una referencia futbolística alrededor de la cual construir. El propio mediocampista explicó que su llegada había cambiado la mentalidad del grupo, y su presencia terminó siendo parte de esa transformación que buscaba el entrenador.
La remontada ante Racing es el ejemplo. Boca estuvo 2-0 abajo y terminó ganando 3-2 con tres goles de Enner Valencia en el tramo final. Más que una excepción, el partido puede leerse como la expresión máxima de una mentalidad que se fue construyendo durante el ciclo.
El juego de Boca, otra de las atribuciones del DT
Después de cambiar la cabeza, apareció una idea de juego cada vez más reconocible. Boca intenta ser protagonista desde la posesión, con movilidad de sus mediocampistas y una ocupación de los espacios que se hizo más clara con el correr de los partidos.
Los laterales también tienen un papel central. Blanco y Lozano le dan amplitud al equipo y permiten que Boca pueda atacar por afuera, mientras los volantes se mueven para encontrar líneas de pase y generar superioridad numérica.
La identidad no se construyó solamente desde los nombres, sino desde la repetición de determinados comportamientos. Incluso cuando aparecieron las lesiones, la idea logró mantenerse. La baja de Aranda fue especialmente dolorosa porque era uno de los futbolistas encargados de darle juego al equipo, pero Boca tuvo que encontrar alternativas sin perder aquello que había empezado a construir.
Los pibes también son parte del plan
Antes de asumir, Arruabarrena ya había dejado claro que había seguido de cerca a los juveniles de Boca y que quería darles lugar. No fue una decisión tomada por necesidad una vez que comenzaron las lesiones: formaba parte de la mirada con la que llegó al club.
El caso de Leonel Flores terminó siendo el más visible. El mediocampista apareció en Boca, sumó minutos, debutó con la Selección Argentina y se convirtió en uno de los nombres propios del momento. Su irrupción también muestra que el proceso no solamente consistió en recuperar a los futbolistas experimentados, sino en generar nuevos protagonistas.
Y ahí vuelve a aparecer el contraste con aquel primer Vasco. En 2015 había tenido un plantel construido alrededor de una enorme cantidad de figuras y variantes. Diez años después, además de administrar a los referentes, encontró espacio para que aparecieran jugadores jóvenes capaces de cambiar el escenario.
¿El Vasco aprendió del Vasco?
Quizás la respuesta esté en mirar todo el recorrido. Aquel Arruabarrena había ganado dos títulos, había conducido a un Boca repleto de figuras y también había sufrido algunos de los golpes más fuertes de su carrera. Después se fue y, lejos de los flashes, atravesó distintos contextos y "mamó" diez años de experiencias antes de volver.
El Vasco que regresó no parece haber dejado atrás al que se fue: parece haber aprendido de él. Aprendió de sus aciertos, pero también de sus dificultades. Aprendió que tener más variantes no necesariamente significa tener más certezas. Que un equipo necesita una identidad. Que los partidos pueden cambiar y que la respuesta de un grupo ante la adversidad también se entrena.
Por eso, mientras el presente de Boca empieza a mostrar los resultados de ese proceso, la historia también puede leerse desde otro lugar. El equipo fue de menor a mayor, encontró una forma de jugar, modificó su mentalidad y hoy sigue compitiendo por el Clausura, la Tabla Anual, la Copa Sudamericana y la Copa Argentina.
Pero todo eso es, en definitiva, la consecuencia de algo que ocurrió antes: diez años después, volvió otro Vasco. Uno más maduro, más suelto y más auténtico. Uno que habla sin tanto cassette y que parece tener más claro qué quiere de sus equipos. Como en aquella canción de Los Rodríguez: "Si diez años después te vuelvo a encontrar en algún lugar, no te olvide que soy distinto de aquél pero casi igual". Y, luego de una década después, el reencuentro con aquel Vasco no fue para repetir la historia, fue para aprender de ella.
