La Tricolor pasó de acostumbrarse a competir a convivir con derrotas, eliminaciones y cambios constantes; los números explican una parte; la inestabilidad, las lesiones, la disciplina y una generación con menos margen ayudan a entender el resto
Hay una frase que probablemente Fernando Batista hubiera preferido no escuchar nunca como entrenador de Costa Rica.
La pregunta de ESPN llegó después de desperdiciar un 3-0 y terminar perdiendo 3-4 contra Curazao en La Cueva:
—¿Cómo se cambia el chip de una selección perdedora?
Batista no discutió la premisa.
“Trabajando mucho, hablando con los muchachos, hay procesos que no comienzan bien y terminan muy bien y viceversa, aquí hay que trabajar y asumir los errores. Seguir trabajando. Entiendo que hoy fue un golpe duro porque teníamos un partido controlado”.
El problema es que Costa Rica no se convirtió en una selección perdedora aquella noche.
Lo de Curazao fue apenas otra fotografía de una caída que lleva bastante tiempo construyéndose.
Los números ya dejaron de ser una sensación
Tomando como referencia los partidos internacionales de la Selección Mayor desde septiembre de 2024 hasta el 3-4 contra Curazao del 24 de septiembre de 2026 —y contabilizando el empate ante Estados Unidos en Copa Oro de 2025 por su resultado después de 120 minutos, aunque Costa Rica posteriormente quedó eliminada por penales—, el balance es revelador:
26 partidos: 9 victorias, 10 empates y 7 derrotas.
Costa Rica solamente ganó el 34,6% de sus encuentros y consiguió el 47,4% de los puntos posibles.
Marcó 54 goles y recibió 38. Pero incluso ese balance necesita contexto.
Veintiuno de esos 54 goles llegaron solamente en tres partidos: los dos enfrentamientos contra Belice —7-0 y 6-1— y el 8-0 contra Bahamas.
Al retirar esos tres encuentros del cálculo, Costa Rica queda con 33 goles anotados y 37 recibidos en los otros 23 partidos, y su porcentaje de victorias cae al 26,1%.
Hay otro dato todavía más duro.
Fernando Batista todavía no ha ganado.
Empató 2-2 contra Jordania y perdió 5-0 ante Irán, 3-1 frente a Colombia, 3-0 contra Inglaterra y 4-3 ante Curazao.
Cinco partidos. Cuatro derrotas. Un empate.
Pero responsabilizar únicamente al argentino sería demasiado sencillo.
Una Sele que cambia de entrenador, pero no encuentra el rumbo
Costa Rica lleva años buscando una identidad mientras cambia a la persona encargada de construirla.
Gustavo Alfaro llegó en noviembre de 2023 y consiguió devolverle competitividad a una Selección rejuvenecida. En Copa América empató contra Brasil, perdió frente a Colombia y venció a Paraguay.
Parecía existir una base.
Duró nueve meses.
En agosto de 2024, Alfaro decidió terminar su vínculo con Costa Rica y posteriormente asumió la Selección de Paraguay.
La Federación volvió entonces a Claudio Vivas.
El argentino ya había dirigido interinamente en 2023 y nuevamente tomó la Mayor entre agosto y noviembre de 2024. Su ciclo terminó después de la eliminación ante Panamá en Liga de Naciones y la Federación decidió no renovar su contrato.
Después apareció Miguel Herrera, el mexicano fue contratado en enero de 2025 con un objetivo gigantesco y concreto: clasificar al Mundial de 2026.
No lo consiguió.
Costa Rica terminó fuera de una Copa del Mundo por primera vez desde Sudáfrica 2010 y Herrera dejó el puesto.
Después llegó Batista.
La Federación lo nombró en febrero de 2026 pensando ya en un proceso hacia 2030.
Es decir: en poco más de dos años, el futbolista costarricense ha tenido que escuchar las ideas de Gustavo Alfaro, Claudio Vivas, Miguel Herrera y Fernando Batista.
Cuatro entrenadores. Cuatro maneras de jugar. Cuatro cuerpos técnicos. Cuatro discursos.
Y demasiadas veces, volver a comenzar.
El problema tampoco termina en el banquillo
Durante muchos años Costa Rica encontró una columna vertebral que sobrevivía prácticamente a cualquier entrenador.
Keylor Navas, Bryan Ruiz, Celso Borges, Joel Campbell, Giancarlo González, Óscar Duarte y compañía sostuvieron durante años una generación que alcanzó su techo en Brasil 2014.
La actual no dispone de aquella cantidad de futbolistas consolidados simultáneamente en escenarios de máxima exigencia.
Eso no significa que Costa Rica carezca de talento. Lo tiene.
El problema es que una parte importante de ese talento no está disponible, ha atravesado lesiones importantes o todavía no consigue convertirse en una referencia constante de la Selección.
Brandon Aguilera, uno de los mediocampistas con mayor proyección del país, sufrió una ruptura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha cuando atravesaba un buen momento en Portugal. Fue operado y quedó fuera durante meses.
Alonso Martínez venía de convertirse en una de las principales armas ofensivas del país, pero sufrió una ruptura del ligamento cruzado anterior mientras representaba precisamente a Costa Rica y tuvo que pasar por cirugía.
Alexis Gamboa también atravesó problemas físicos que lo alejaron de las canchas.
Y alrededor de ellos existe una generación joven que todavía está intentando convertirse en lo que Costa Rica necesita.
Ese escenario obliga a mirar también hacia el campeonato nacional.
La discusión no debería reducirse a decir que el futbolista tico “ya no sirve”. La pregunta es otra:
¿La competencia local está preparando suficientes jugadores para la velocidad, intensidad y exigencia que encuentra Costa Rica cuando sale de su entorno?
La Selección ha cambiado entrenadores, pero el material con el que todos ellos deben trabajar proviene esencialmente del mismo sistema.
Y algunos de los que podrían estar, tampoco están
Hay otra paradoja.
En una generación que no puede darse demasiados lujos, Costa Rica también ha perdido futbolistas por decisiones extradeportivas.
Alejandro Bran, Kenneth Vargas y Warren Madrigal quedaron fuera después de un episodio disciplinario durante una concentración de la Selección.
Meses después, ninguno apareció en la convocatoria de septiembre.
Es otro pedazo de una plantilla que ya de por sí tiene poco margen.
Unos no están por lesión.
Otros todavía buscan consolidarse.
Otros quedaron fuera por decisiones disciplinarias.
Y algunos de los futbolistas llamados a liderar esta nueva etapa todavía no consiguen trasladar regularmente a la camiseta nacional el rendimiento que muestran en sus clubes.
Una Federación que tampoco transmite estabilidad
Y después está la estructura.
Osael Maroto asumió la presidencia de la Federación en 2023 prometiendo modernización, profesionalización y recuperar confianza alrededor de una institución golpeada.
Tres años después, el escenario político interno muestra fracturas.
No sería preciso afirmar que todo el Comité Ejecutivo está dividido en dos bloques perfectamente definidos, pero sí existen desacuerdos importantes alrededor de la conducción de la Federación.
La elección de Rónald González como director de Selecciones, por ejemplo, terminó con una votación cerrada y sin el respaldo de varios miembros del Comité Ejecutivo.
También han existido cuestionamientos públicos de dirigentes como Leonardo Vargas y Juan Carlos Román hacia la conducción federativa.
Y la credibilidad se convirtió inevitablemente en tema después del fracaso mundialista.
El propio Maroto tuvo que responder sobre ella después de quedar fuera de 2026 y sostuvo que “la credibilidad sigue intacta”, defendiendo las decisiones tomadas por el Comité Ejecutivo.
La discusión, sin embargo, permanece abierta.
Porque desde que este Comité asumió, Costa Rica no consiguió clasificar al Mundial de 2026, ha cambiado reiteradamente de estructura deportiva y de entrenadores y ahora comenzó el camino hacia 2030 con otro técnico cuestionado después de apenas cinco partidos.
¿Entonces por qué Costa Rica se convirtió en una selección perdedora?
Probablemente porque no existe una sola respuesta.
No es únicamente Batista.
No es únicamente Osael Maroto.
No es únicamente la generación.
Tampoco se explica solamente por las lesiones, la indisciplina, el campeonato nacional o cuatro entrenadores distintos.
Es la suma.
Costa Rica perdió continuidad deportiva, perdió a la generación que durante años escondió muchas de sus deficiencias, no logró reemplazarla con la misma calidad y simultáneamente entró en una etapa institucional marcada por decisiones, cambios y cuestionamientos.
Y mientras Costa Rica intenta reconstruirse, los demás dejaron de esperar.
Curazao, Haití, Surinam y otras selecciones caribeñas cuentan hoy con futbolistas desarrollados en estructuras europeas y ya no enfrentan a Costa Rica aceptando de antemano una inferioridad histórica.
El propio Batista lo reconoció antes de enfrentar a Haití:
“Quizás años atrás pareciera que era fácil, pero hoy todos van creciendo”.
Por eso aquel 3-4 contra Curazao dolió mucho más que por perder tres puntos.
Costa Rica tuvo durante 45 minutos una versión capaz de recordar lo que alguna vez fue. Ganaba 3-0, presionaba, atacaba y La Cueva volvía a creer.
Después recibió cuatro goles.
Y terminó escuchando el “olé” de su propia gente.
