¿Se puede explicar una vida entera con el fútbol? Por supuesto. Los que nacimos en estas tierras sabemos que podemos entender los ciclos cada cuatro años. Explicar nuestra existencia en Mundiales. Dónde estábamos, con quién estábamos y por qué estábamos en cada lugar mientras se escribía la historia. La vida de Lionel Messi también puede contarse a través de las Copas del Mundo. Tenía 18 años cuando ingresó por primera vez a una cancha y partir de ese momento jamás se fue.
Entre una imagen y la otra transcurrieron dos décadas, seis ediciones, un título Mundial, tres finales y distintas generaciones de compañeros. Su primera Copa del Mundo, allá por 2006, lo recibió como una promesa. Luego, su juego y su responsabilidad lo convirtieron en capitán. Lo enfrentó con la frustración, lo dejó a un paso de la gloria y finalmente lo coronó.
En 2026, cuando parecía que ya no quedaban cuentas pendientes, Messi regresó como campeón defensor, estuvo cerca de otro título y se transformó, por un rato, en el máximo goleador de la historia de la competencia. Una auténtica maravilla para quien es el mejor jugador de todos los tiempos.
Alemania 2006: el debut y la imagen de Messi sentado en el banco
Messi llegó a su primer Mundial cuando su nombre ya despertaba admiración en Barcelona, pero todavía no ocupaba el centro de la escena en Argentina. Una lesión muscular sufrida meses antes había interrumpido su preparación y José Pekerman lo incluyó entre los 23 convocados sin saber cuánto podría utilizarlo.
Su debut en Copas del Mundo ocurrió ante Serbia y Montenegro. Ingresó durante el segundo tiempo, asistió a Hernán Crespo y convirtió el último gol del 6-0. Con 18 años y 357 días, se transformó en el argentino más joven en jugar y marcar en una Copa del Mundo.
Fue titular en el empate contra Países Bajos y volvió a participar ante México, por los octavos de final. En ese encuentro anotó un gol durante el tiempo suplementario, pero la acción fue anulada por una posición adelantada. Argentina terminó clasificándose gracias al recordado remate de Maxi Rodríguez.
La historia de ese Mundial quedó detenida en otra imagen. En los cuartos de final contra Alemania, Messi no ingresó. Observó desde el banco cómo el equipo perdió por penales después del empate 1-1 y quedó eliminado.
Todavía era un juvenil rodeado de futbolistas experimentados. Sin embargo, la decisión de no ponerlo en cancha levantó polémica. Pero era muy chico. El tiempo le tendría reservadas muchas revanchas por delante.
Sudáfrica 2010: capitán, protagonista y otra vez Alemania
Cuatro años después, Messi ya era uno de los mejores futbolistas del planeta. Había ganado el Balón de Oro, dominaba el fútbol europeo con Barcelona y llegó a Sudáfrica como la principal figura de una Selección dirigida por Diego Maradona. Para el imaginario popular, era algo así como el heredero de Pelusa.
Su influencia se advirtió desde el comienzo. Participó en la mayoría de las acciones ofensivas contra Nigeria, intervino en los cuatro goles frente a Corea del Sur y manejó los ataques de un equipo que avanzó con puntaje perfecto en su grupo.
Ante Grecia llevó por primera vez la cinta de capitán en una Copa del Mundo. Con 22 años se convirtió en el argentino más joven en cumplir esa función dentro del torneo. Era una señal del lugar que comenzaba a ocupar, aunque Javier Mascherano continuaba siendo el capitán habitual.
Argentina superó a México en octavos y volvió a encontrarse con Alemania. Esta vez no hubo penales ni un desenlace cerrado. El equipo europeo ganó 4-0 y expuso todas las debilidades del conjunto de Maradona.
Messi terminó la competencia sin goles. Había generado oportunidades, distribuido el juego y asumido la conducción, pero la comparación entre su rendimiento en Barcelona y sus actuaciones con la camiseta argentina comenzó a instalarse como una discusión permanente. Y Alemania, claro está, se colocó como su principal Bestia Negra en materia de selecciones.
Brasil 2014: a un paso de tocar el cielo
Brasil 2014 lo dejó a un paso de la gloria. Y, por supuesto, modificó la relación entre Messi y los Mundiales. Por primera vez, la Selección avanzó hasta las instancias decisivas con él como capitán y principal referencia futbolística.
Convirtió ante Bosnia-Herzegovina después de una pared con Gonzalo Higuaín. Resolvió con un remate desde afuera del área un partido cerrado contra Irán y convirtió dos veces frente a Nigeria, incluido un gol de tiro libre. Sus cuatro conquistas permitieron que Argentina ganara su grupo y avanzara a los octavos de final.
Contra Suiza apareció de otra manera. En el minuto 118, cuando los penales parecían inevitables, condujo por el centro y asistió a Ángel Di María para el 1-0. Después llegaron la victoria sobre Bélgica y la semifinal frente a Países Bajos, definida por las atajadas de Sergio Romero y el pulso oportuno a la hora de patear desde los doce pasos.
Messi entró al Maracaná con la posibilidad de levantar la Copa. Argentina tuvo ocasiones de gol, pero no las aprovechó. Mario Götze fue el verdugo en el segundo tiempo suplementario y Alemania ganó la final.
El capitán recibió el Balón de Oro como mejor jugador del torneo, aunque ninguna distinción consiguió modificar la triste sensación de aquella noche. La fotografía de Messi mirando la Copa antes de subir al escenario de premiación se convirtió en el símbolo de una oportunidad que parecía imposible de recuperar. Tan cerca pero a la vez tan lejos.
Rusia 2018: el Mundial de la frustración
Este fue, sin dudas, el peor Mundial de Messi en la Selección Argentina. No por él, sino por el desorden de lo que fue un equipo sumido en el caos. El equipo de Jorge Sampaoli llegó a Rusia después de una clasificación agónica y sin haber construido una identidad estable. El exentrenador campeón de América con Chile había asumido durante las Eliminatorias CONMEBOL y el equipo cambió repetidamente de nombres, sistemas y funcionamiento.
El comienzo acentuó las dificultades. Messi falló un penal en el empate contra Islandia y la derrota 3-0 frente a Croacia dejó a la Selección cerca de una eliminación prematura.
Ante Nigeria, el capitán controló un pase largo de Éver Banega y definió con la derecha para abrir el marcador. Marcos Rojo convirtió sobre el final el gol que permitió avanzar a octavos, pero el alivio duró poco.
En octavos, pasó lo inevitable. Francia ganó 4-3 en Kazán y terminó consagrándose campeona. Messi dio dos asistencias, aunque nunca consiguió dominar un encuentro que expuso la distancia entre ambos equipos.
Rusia fue su Mundial más caótico. No existió una estructura capaz de potenciarlo ni un funcionamiento colectivo que acompañara sus intervenciones. Después de la eliminación, su continuidad en la Selección volvió a quedar rodeada de interrogantes.
Qatar 2022: la caída, la rebelión y la gloria
Messi llegó a Qatar con una relación diferente con la Selección. Ya había conquistado la Copa América 2021 y la Finalissima 2022, mientras que el equipo de Lionel Scaloni acumulaba una extensa racha invicta y había construido una identidad reconocible.
Todo pareció derrumbarse en el debut. Argentina perdió 2-1 ante Arabia Saudita y quedó obligada a reaccionar. En el siguiente partido, contra México, Scaloni metió mano en el equipo, pero el salvador fue Messi. La Pulga recibió fuera del área y sacó un remate bajo que abrió el marcador. No fue solamente un gol: fue el momento en el que el equipo volvió a reconocerse.
La victoria contra Polonia aseguró la clasificación. Desde entonces, el capitán marcó en cada instancia eliminatoria. Convirtió ante Australia, participó directamente en los dos goles contra Países Bajos, anotó frente a Croacia y protagonizó una jugada inolvidable antes de asistir a Julián Álvarez.
En la final contra Francia hizo dos goles: uno de penal y otro durante el tiempo suplementario. También convirtió el primer remate argentino en la definición desde los doce pasos. Después de las atajadas de Emiliano Martínez y el penal decisivo de Gonzalo Montiel, Messi levantó la Copa que había perseguido durante toda su carrera.
Qatar reescribió su historia. Fue el torneo de la redención. Las derrotas anteriores dejaron de ser pruebas en su contra y pasaron a formar parte del recorrido. El futbolista que había perdido tres finales consecutivas con la Selección se convirtió en el capitán de la tercera estrella.
Terminó el torneo con siete goles, recibió por segunda vez el Balón de Oro y superó el récord de partidos mundialistas que pertenecía a Lothar Matthäus. También fue el primer jugador en marcar en la fase de grupos, los octavos de final, los cuartos, la semifinal y la final de una misma edición.
Estados Unidos, México y Canadá 2026: el campeón que regresó para romper los récords
La posibilidad de verlo en un sexto Mundial permaneció abierta durante años. Messi evitó confirmar su presencia con demasiada anticipación y condicionó cualquier decisión a su estado físico. Finalmente llegó a Estados Unidos no para completar una despedida, sino para pelear por otro título. Fue el campeonato que, a sus 39 años, terminó con todas las comparaciones posibles. Messi era el mejor y punto final.
Su comienzo fue extraordinario. Marcó tres goles contra Argelia, sumó otros dos frente a Austria y convirtió de tiro libre ante Jordania. En la fase inicial alcanzó y superó el registro del delantero alemán Miroslav Klose, que había encabezado durante años la tabla histórica de goleadores de la Copa del Mundo.
También anotó en las victorias contra Cabo Verde y Egipto, en dieciseisavos y octavos de final respectivamente. Ese último tanto elevó su cuenta a 21 y prolongó una racha goleadora inédita en la historia de la competencia.
En los cuartos de final dejó de convertir, pero no de decidir. Ejecutó el córner que terminó en el gol de Alexis Mac Allister y Argentina consiguió superar a Suiza para meterse entre los cuatro mejores del torneo.
Su intervención resultó todavía más determinante contra Inglaterra. La Selección perdía 1-0 y se acercaba a la eliminación cuando Messi encontró a Enzo Fernández en la entrada del área. El mediocampista empató con un remate lejano y, siete minutos después, el capitán envió el centro con pierna derecha que Lautaro Martínez transformó en el 2-1.
Messi no necesitó marcar para conducir la remontada. Participó en los dos goles y llevó a Argentina hacia su segunda final consecutiva, en la que defenderá el título conseguido cuatro años antes.
Contra España, finalmente, no pudo conquistar un imposible. Ser campeón dos veces de una Copa del Mundo, mérito que muy pocos futbolistas tienen en la historia.
La historia comenzó en Alemania, con un adolescente que ingresaba desde el banco y todavía buscaba su lugar entre los mayores. Continuó en Sudáfrica con la responsabilidad de ser el sucesor de Maradona, atravesó la desolación del Maracaná, sufrió el desorden de Rusia, alcanzó la redención en Qatar y finalmente conquistó la eternidad en New York.
Durante veinte años, los Mundiales fueron el calendario de su vida. Creció, perdió, dudó, resistió y volvió a empezar. Convenció. Enamoró a todos. Y le ganó al tiempo: los chicos que celebraron su primer gol se convirtieron en adultos y una nueva generación aprendió a disfrutar el fútbol con su gambeta endiablada, con sus pases imposibles, con sus goles inolvidables.
Messi no solamente ganó un Mundial y terminó como uno de los máximos goleadores de la competencia. Consiguió algo todavía más difícil: unir seis Mundiales dentro de un mismo guión cinematográfico. Un libreto tan increíble, tan bien armado, que acompañó nuestras propias vidas y nos hizo sentir que nada es imposible.
