El peso de la gloria: la confesión sin cassette de Lucas Vila a 10 años de Río 2016

El "Colo" Vila y el festejo de gol ante Países Bajos en Río 2016. Getty Images - Carl De Souza

Hay charlas que sirven para rellenar espacios y hay encuentros que funcionan como una radiografía. Detenerse a conversar con Lucas Vila es entender que la gloria olímpica no se construye con frases hechas para la televisión. Detrás de la medalla de oro de Río 2016 hay un proceso invisible: un cambio cultural que empezó en el dolor de Londres 2012, siguió con el histórico podio del Mundial 2014 y terminó fracturándose por el peso de los egos individuales. Hoy, con la distancia de los años y el reposo del que ya analiza el juego desde la línea de cal o la pantalla de nuestro canal, el Colo desmenuzó el mito de Los Leones, expone las deudas de la dirigencia y confiesa la herida abierta de un plantel que pudo haber sido una dinastía, pero eligió el decantó en la dispersión.

"Parece menos de diez años. Tengo recuerdos tan vivos, sensaciones tan cercanas, que no parecen diez años. Pasaron muchas cosas, es loco".

"A pesar del viento a favor, la previa de los Juegos Olímpicos de 2016 convivía con una tensión silenciosa. Mientras el entorno se encendía con la ilusión de una medalla, la cabeza de Vila funcionaba con la cautela del que sabe lo rápido que puede terminarse un torneo. Enfrentar la convicción ajena desde la duda propia es, quizás, uno de los rasgos más honestos de su relato. "Se vivía un aire distinto, una ilusión, pero que se podía pinchar en cualquier momento. En la famosa charla de la que hablábamos antes del comienzo, yo no dije que íbamos a estar para la medalla de oro. Yo la verdad que no estaba del todo convencido. Los escuchaba a los pibes y los envidiaba. Decía: 'Mirá la convicción y la ilusión que tienen'. Sabía que íbamos a pelear, íbamos a dar pelea, pero en los torneos después te podés perder con cualquiera y se te puede ir todo en dos segundos. Así que había un aura diferente, pero bueno, había que después respaldarlo con resultados e ir adentro a la cancha." Esa incredulidad lo acompañó incluso en el momento de mayor superioridad histórica del hockey masculino, cuando Argentina despedazaba a la potencia alemana en una semifinal inolvidable. El miedo a despertar del sueño operó como el combustible que les impidió levantar el pie del acelerador. "Cuando íbamos en la semifinal ganándole por cinco goles a Alemania, ni nos relajábamos nosotros. Íbamos 5-0 y era como... no sé si no creíamos lo que estaba pasando, si no lo queríamos creer, o si no nos queríamos relajar por si nos empataban 5-5. Era toda una adrenalina que era difícil de entender. Es lo que soñaste toda la vida y estaba pasando en ese momento".

La herida de los egos y el desplome de la dinastía

El regreso del Olimpo desnudó las falencias estructurales de un deporte que no supo qué hacer con su mayor hito histórico. La frustración de Vila no pasa por lo deportivo, sino por la oportunidad perdida a nivel dirigencial para federalizar y enraizar el hockey de varones en cada rincón del país. "Siempre nos quedó esa espina, porque siempre se hablaba del hockey masculino que necesitaba un triunfo para crecer, para dar el paso, y lo conseguimos. No hay un triunfo más grande que ser campeones olímpicos. Entonces no había más excusas como para catapultar el hockey masculino de una vez por todas. Que creció, creció; obviamente no vamos a ser tampoco hipócritas, creció un montón, pero podría haber crecido mucho más. Se podría haber aprovechado mucho más el triunfo, se podría haber explotado mucho más en todo el país. Así que sí, queda esa bronca, pero bueno, son cosas que al jugador lo exceden. Es más dirigencial y desde otro lado, viene de más arriba."

Sin embargo, el fango también salpicó el vestuario. Lo que pudo haber sido una dinastía dominante hasta los Juegos de Tokio se atomizó rápidamente. La mirada analítica de Lucas es quirúrgica al señalar cómo las vanidades individuales terminaron por corroer los cimientos del campeón. "Si el equipo no se desarmaba antes del Mundial 2018, ese torneo lo podríamos haber peleado de otra manera. Incluso si seguíamos jugando o si seguía el equipo completo, se podría haber seguido peleando hasta Tokio, seguro. No hay ninguna duda.

"¿Qué pensé que se pudo haber cambiado para que sea mejor? En lo personal, estoy tranquilo. No creo que tenía que haber actuado diferente. Después hubo jugadores que priorizaron o pusieron adelante intereses personales, hubo otras cosas antes que el equipo y ahí fue cuando todo se empezó a desarmar de a poco y a encontrar distintas opiniones dentro del equipo”

A pesar de las distancias y de las heridas que aún supuran, la madurez del presente abre una rendija a la posibilidad de un reencuentro. No desde la amnesia o el perdón forzado, sino desde la necesidad colectiva de poner las cartas sobre la mesa y aliviar el peso de la historia compartida: "A mí me encantaría un reencuentro, . Pasó mucho tiempo, quizás cada uno después pueda haber hecho un análisis y un mea culpa, o no. Pero charlando creo que todo se puede llegar a aclarar. Que si bien las cosas que pasaron, pasaron, y ya no hay vuelta atrás a eso -y nos duele, a mí me duele muchísimo todo lo que pasó-, no sé si nos vamos a juntar todos, pero la gran mayoría y los que siempre pusieron el equipo adelante seguramente van a estar. La ilusión está, pero hay jugadores que deberían hacer un análisis profundo de ese momento, de qué pasó, qué no, qué pueden haber hecho diferente. Y si se expone todo y se habla todo, podemos llegar a ciertos acuerdos. No de perdonar, pero de un poco calmar esta espina que nos queda a todos".

El legado y la obsesión por lo útil

El Colo de hoy sigue gastando las tartaneras en el área, pero su cabeza también está metida en la estructura del hockey nacional. Desde su rol en los seleccionados juveniles proyecta una obsesión por la planificación a largo plazo, intentando erradicar el peligro de la inmediatez que suele empantanar el deporte argentino. "Estoy acá, estoy metido en el Junior, cerca de Juanma (Vivaldi) con Los Leoncitos o del Turco (Lucas Rey) con Los Leones. Seguimos involucrados y estamos a disposición también de la Confederación y de lo que sea para que el hockey siga creciendo. Que la marca de Leones no se pierda, no se diluya y que siga viva por mucho tiempo. Lo que voy a decir es bastante abarcativo, pero cambiaría que haya un proyecto general, un plan a futuro. Cuando una organización o un ente está con un plan y sabe hacia dónde va de acá a diez, 15 o 16 años, es mucho más fácil ir encasillando y encaminando ciertas cosas, los pasos a seguir. Lo que me parece que está faltando es la visión, planificar qué va a pasar dentro de tres, cuatro ciclos olímpicos. Cuesta un poco cuando vas planificando día a día, pero sin ningún rumbo claro".

Al final, esta parte de la charla decanta en un deseo íntimo y en una lección de oficio para las nuevas generaciones. Para Vila, el secreto de la permanencia no radica en el lirismo de la jugada vistosa, sino en el pragmatismo feroz de entender qué es lo que realmente hace ganar a un equipo. "Ojalá que esto de Los Leones se vuelva a repetir. Ya estoy pensando en mis hijos, pero ahora en los chicos que están ahora: ojalá que vuelvan los triunfos. Me encantaría ver a los varones de vuelta a disputarse semifinales y finales. Es un deseo propio. Les tengo fe para este Mundial. Y para los que vienen atrás... saber que si tenés la calidad, no alcanza solo con eso. Hay que acompañarlo. Yo no era un dotado físicamente, pero siempre estaba ahí; tenía que hacer un esfuerzo más para estar en la media. Desde lo técnico lo tenía claro, me resultaba fácil, digamos, pero lo otro no. Entonces hay que acompañarlo, hay que reinventarse, hay que buscar siempre mejorar. Hoy los chicos tienen herramientas, se ve mucho más hockey internacional, pueden copiar lo que sí funciona y lo que no. Yo un poco me enfocaba en eso: qué habilidades funcionan y cuáles no, cuáles eran realmente útiles adentro de la cancha y para el equipo”, selló el Colo.