La defensora de los tres palos que salió campeona del Metro "D" e invita a probar el puesto: "el arco no es un castigo"

Hay lugares en la cancha que se corren y hay lugares que se habitan. El arco de hockey no es una posición táctica ni una trinchera defensiva: es un altar solitario, un territorio de tres paredes invisibles donde el tiempo transcurre a otra velocidad. A menudo, la narrativa popular ha visto en la guardameta una figura trágica, la depositaria de las culpas no resueltas de un equipo. Sin embargo, para Mora Pérez Ferreira, la perspectiva es radicalmente distinta, luminosa y revolucionaria: el arco es un arte.

Tras remar en las aguas pacientes del Plantel "B", este año a Mora le llegó el tiempo de la cosecha. Se calzó la camiseta de la Primera A de Alemán de Quilmes no por un golpe de azar, sino por la fuerza propia de las decisiones elegidas con el alma: "Llegué por decisión propia, es mi tercer año atajando y estoy muy contenta de mi elección", afirmó con la aplastante sencillez de quien ha encontrado su verdadero lugar en el mundo.

El ritual de la armadura y la conquista de la mente

Para entender el universo de Pérez hay que observar la trastienda. Colocarse los pads, calzarse los guantes y ajustar el casco no es un simple acto mecánico de vestuario; es la liturgia de quien se prepara para crear: "Ponerme los pads, tener mi ritual, entrar con la cabeza metida en el partido y sabiendo que mis compañeras confían en mí, es lo que me hace seguir todos los días", confiesa. En esa armadura no hay peso, sino certeza. El salto de categoría exigió también un salto de conciencia. En un puesto donde el margen de error parece implacable, Mora eligió desarmar la sombra: abrazar la terapia, dialogar con sus propios fantasmas y construir una paz mental que le permitiese tolerar la imperfección humana. "Verlo de la manera más positiva, festejar lo bueno y no solo encerrarme en lo malo es lo que me hace progresar como deportista y lo que me hace estar hoy acá", explicó la guardameta.

Decirle a las más chicas que el arco se disfruta

En un entorno deportivo donde escasean las vocaciones para el puesto más expuesto de la cancha, la figura de Pérez Ferreira empieza a proyectarse como un faro de ternura y vocación para las categorías infantiles del Alemán de Quilmes. Cuando las más chiquitas se le acercan a la valla para mirarla con los ojos llenos de asombro y decirle "quiero ser arquera como vos", en su pecho se enciende una gratitud infinita: "Es un mimo al alma. Lo que yo intento siempre es decirles que el arco se disfruta, que el arco no es un castigo, que hay que saber llevarlo y que requiere de mucha paciencia." Es ahí donde su discurso alcanza la madurez de las grandes deportistas. Desmitificar la pena, extirpar el sufrimiento gratuito y enseñar que pararse bajo los tres palos es una oportunidad para el gozo y el crecimiento interior.

Un corazón agradecido

Mora Pérez Ferreira no olvida de dónde viene. En su voz hay espacio para la gratitud hacia las compañeras del Plantel B que caminaron a su lado en los años de formación, hacia el equipo de Primera A que hoy la cobija con confianza ciega, hacia su entrenador de arqueros y hacia la familia que sostiene la estructura de su sueño. El torneo seguirá su curso, las bochas vendrán de frente y los minutos volarán en el reloj, pero Alemán de Quilmes ya sabe que bajo su marco no hay una simple jugadora de hockey: hay una artista con los guantes puestos, una custodia del alma del equipo que entendió que la vida, como el arco, se defiende con el corazón abierto y la sonrisa intacta.