Jorge Fernando Castro, conocido como El Roña o Locomotora, murió el 14 de octubre de 2026 a los 59 años.
Castro, una gloria del boxeo argentino, fue campeón del mundo de la categoría de los medianos en agosto de 1994 y en su extensa carrera de 144 peleas, ganó 130 - 90 de ellas por la vía categórica- perdió 11 -solamente 2 antes del límite- y empató 3.
Más allá de sus notables condiciones pugilísticas, Locomotora se caracterizó por su personalidad, su gran sentido del humor y un sinfín de anécdotas que recordó Carlos Irusta, un maestro de periodistas y alguien que lo conoció mucho, en diálogo con SportsCenter.
Locomotora Castro y sus pocas ganas para entrenarse
"Es imposible no sonreír cuando uno habla de Bonavena o de Castro porque sería demasiado exagerado recordarlos de otra manera. Castro era incorregible. Era primero y principal, como decimos los argentinos, un vago tremendo que no entrenaba. Él solamente entrenaba haciendo guantes. Él decía que no salía a correr a las mañanas porque no era maratonista, sino boxeador. Y entonces a veces se pasaba más tiempo charlando con nosotros, los periodistas, que entrenando".
"Tenía un un potrero tan grande que cuando salía a correr a la mañana a hacer footing, mientras todos corrían en una sola línea, él se colaba, acortaba el paso, no corría nada, se metía en el grupo cuando ya daban la vuelta, se mojaba bien la cara con agua y decía que estaba muy cansado, que había corrido mucho. En realidad no había corrido nada".
La arrogancia bien entendida del Roña Castro
"Era imprevisible, era arrogante, pero en un buen sentido de la palabra. Era capaz de acercarse a un rival en un gimnasio de barrio, llevarle una colchoneta de gimnasia y decirle: 'Mirá, te traje esto porque esta noche vas a dormir'. Y después ponerlo a dormir".
"Castro también era capaz, como me pasó una vez trabajando en la revista El Gráfico, de llamar al fotógrafo del Gráfico, Humberto Speranza, para preguntarle en qué lugar del ring iba a estar. Speranza le dio el lugar y Locomotora le respondió: 'Bueno, yo te lo voy a poner nocaut ahí, así sacás una buena foto'. Y cumplió. Era realmente increíble".
"Alguna vez fue a pelear a Neuquén con Godoy. Antes de la pelea, me dijo: 'Vas a ver que lo voy a confundir a este, porque en lugar de mirarlo, voy a mirar el suelo. Le voy a mirar los pies'. Algo muy raro, pero no solo lo hizo, sino que lo puso nocaut. Después con el tiempo, Godoy me dijo: "Yo no podía encontrarlo a éste. No lo podía agarrar por ninguna parte".
"Una noche estábamos en la Federación de Box, él peleaba allí y no aparecía por ninguna parte, hasta que alguien se dio cuenta que estaba jugando al flipper al lado. O sea que fueron a buscar, dejó la maquinita de flipper, llegó, subió sobre la hora al ring y por supuesto peleó y noqueó. Excepcional".
Los trucos de Locomotora Castro para los pesajes
"En la pelea contra Roberto "Mano de Piedra" Durán, cuando llegó el momento del pesaje, Castro se subió a la balanza, gritaron 72 kg, que eran falsos y salió corriendo. Todos los técnicos panameños salieron a buscarlo, pero cuando lo encontraron en un pasillo ahí del piso de los deportes de Mar del Plata, tenía en la mano una botella de litro de agua que ya estaba tomando, con lo cual nunca se pudo comprobar cuánto había pesado realmente".
"Era pícaro, era ventajero en el buen sentido de la palabra, porque hasta había aprendido una técnica para que cuando había un pesaje lo taparan con una toalla. Él se pesaba desnudo, pero llevaba en la mano un alfiler. Clavaba el alfiler en la toalla y hacía fuerza para arriba para pesar menos de lo que debía y una vez que cantaban el peso, salía corriendo y nadie podía decirle nada. Era un vago total, pero que en el ring tenía una sensibilidad, una picardía muy pero muy especial".
Un cruce con Monzón que lo marcó para toda la vida
"Él nunca renegó de su origen humilde, nunca fue altanero. Me acuerdo que hace muchos años estábamos comiendo en la costa argentina, en una clásica parrilla. Cuando terminó la comida que estábamos con nuestras familias, aparecieron unos 10 o 15 chicos, todos pidiéndole un autógrafo. Él, con su santa paciencia, firmó uno por uno todas las servilletas, papelitos, fotos, hizo todo. Y yo le comenté: 'Qué paciencia que tenés'. Me respondió: 'Cuando era chico, Carlos Monzón estuvo por mi tierra, fui a saludarlo y me sacó corriendo. Ese día dije: 'El día que yo sea campeón del mundo, esto no va a pasar nunca conmigo'".
