Soy de una generación que creyó que era normal vencer a Real Madrid o al Milan en Japón. Una camada que vivió exceso de noches de Copa. Y por consiguiente, mañanas de cargadas en el colegio. Pocas veces, a diferencia de mis compañeros de River, tuve que faltar porque una derrota me obligue. Tal vez después de Once Caldas o Chivas, pero no muchas más. Por eso, llegué a creer que era imposible quedar eliminados contra ellos. Casi como una cuestión de destino. Sin explicación deportiva. Simplemente no iba a pasar porque la historia ya estaba escrita en azul y amarillo. Qué podía llegar a cambiar. Lo de la Sudamericana trastocó este mito, pero asumí que era un torneo menor. Que en la Libertadores eso no podía ocurrir porque era "nuestro" torneo. Aquel 14 de mayo de 2015, terminé de trabajar pasado el mediodía y me demoré en el almuerzo porque el tiempo sobraba. Caminé las 15 cuadras que me separaban de las oficinas hacia La Bombonera confiado en que nada iba a cambiar.
El ingreso a la segunda bandeja de la popular fue tranquilo. Quizá porque todavía era temprano. O quizá por ser la calma que antecede cualquier tormenta. Los más friolentos nos sentamos debajo del último rayo del sol. Los más ansiosos cantaron, bailaron y se quedaron afónicos antes de que el equipo hiciera la entrada en calor. Los que estaban con niños se acomodaron en un costado, porque era un Boca-River de Copa “y siempre hay que tener cuidado". Cuando la luz artificial del estadio reemplazó al sol, ya no había lugar en la tribuna. El humo de los cigarrillos se mezcló con el de las bengalas y la llegada de la barra brava disidente obligó a todos a saltar a pesar de que los protagonistas aún no estaban en la cancha. Era difícil respirar entre tanta pasión, transpiración, nervios y movimiento. La tribuna parecía Flubber, esa sustancia verde que aumenta en velocidad y que es imposible de controlar.
La hora de la verdad se acercaba, y la gente estaba mucho más impaciente y agresiva que de costumbre. No recuerdo que se haya recibido tan mal a un arquero cuando iba a calentar como a Barovero aquella noche. Sin embargo, el folclore tan mal entendido pero a la vez tan arraigado en el fútbol argentino a veces trata de eso. La amenaza que nunca se concreta. La Bombonera tiene que intimidar porque hace vibrar el piso o porque no deja hablar al 2 con el 4 y al 6 con el 3. Los ánimos estaban muy agitados por el polémico arbitraje de Delfino en la ida. El juez fue excesivamente laxo y omitió las expulsiones de Vangioni, Sánchez y Funes Mori. Soy de los que creen que, si me siento perjudicado, las críticas las tengo que hacer puertas adentro. En diciembre había elecciones. Pero la gente veía la foto esa noche y no la película. Estaba enceguecida contra cualquier persona u objeto que llevase los colores rojiblancos. Y eso comenzaba a preocuparme...
Los equipos finalmente saltaron a la cancha ante una Bombonera embravecida y en las tribunas apareció la primera señal de un final anunciado. Una bandera-amenaza que recordaba lo sucedido en la ida y un aviso mafioso. Al estar en la tribuna sur, justo enfrente de “La 12", era complicado decodificar el mensaje. Luego de un esfuerzo colectivo, lo logramos: si vuelve a pasar, por decirlo de una forma sutil, "de La Boca no se va nadie". Daniel Osvaldo, el jugador-hincha que había llegado de los mejores clubes de Italia, entró en la sintonía de la gente. 44 segundos. Patadón a Sánchez. Amarilla. Un joven Herrera, cuestionado en la semana por su poca experiencia para un partido tan caliente, aplicó toda la severidad que no tuvo Delfino. El público estalló. ¿Pero cómo? ¿Allá sí y acá no? ¿No hay vía libre? El partido se acható y el primer tiempo transcurrió sin ocasiones claras. Los hinchas entramos en una segunda fase: de la furia de los primeros minutos al desconcierto. Lo que creíamos imposible estaba sucediendo.
Tras el triunfo 1-0 de River en la ida, Boca estaba obligado a hacer un gol para empatar la serie. Quedaban solo 45 minutos. O eso creíamos. Al momento de disputar el segundo tiempo, el rival no aparecía. La manga por donde salen los jugadores estaba inflada y se veía que estaban ahí, pero no avanzaban. ¿Por qué la demora? La distancia de casi una cuadra que nos separaba del lugar de los incidentes no nos permitía ver qué pasaba. Tampoco había señal de wifi para leer Twitter o consultar con algún amigo que estuviera viendo la tele. Solamente cuando los futbolistas finalmente saltaron a la cancha pudimos visualizar un poco el panorama. Un poco, eh. Nunca imaginamos que un hincha había tirado gas pimienta dentro del túnel por donde salía River. Nunca.
El gesto de Ponzio, figura del primer tiempo, resumía todo: se agarraba la cara, se tiraba agua en los ojos y revoleaba los pelos a lo loco. Parecía un caballo herido.
La bolsa de valores de Nueva York estaba cerrada en ese momento porque, de lo contrario, las acciones de las marcas fabricantes de radio portátiles hubiesen trepado como nunca. Aquel que poseía una no tenía un simple artículo electrónico, era un bien de lujo. Los hinchas eran periodistas de los periodistas. Repetían información, la mayoría de las veces confusa, que generaba un verdadero teléfono descompuesto. "Se juega", decían algunos. "Suspendido, se sigue mañana", contradecían otros. Y la versión más desopilante que se escuchó fue: "Sábado, en Vélez y a puertas cerradas". Mientras tanto, una tropa de hombres de traje caminó de acá para allá por el campo de juego desconcertados y desconcertando. D'Onofrio hizo su salida estelar y Angelici prefirió esperar en el túnel. Decisión acertada: lo habrían chiflado más a él que al presidente de River. Pasó una hora. Dos horas. Hasta el anunció de la suspensión: ¿y ahora?
La sensación al salir del estadio aquel día fue única. No sentíamos la tristeza de una derrota ni la alegría de una victoria. Era angustia, desilusión e incertidumbre. Angustia y desilusión por no ver el partido completo. Un partido tan especial y esperado. Incertidumbre porque todavía no entendíamos qué pasaba. “¿Estás bien? ¿Por dónde andan? ¡Tengan cuidado, por favor!”. Recién cuando uno se aleja 5 o 6 cuadras de La Bombonera, llega la señal y entran los mensajes. En mi celular aparecieron varias llamadas perdidas de mis padres y Whatsapp de amigos. Preguntaban si estábamos bien y nos alertaban de que lo que se veía en la tele era grave. Me volví en colectivo y lo que sucedió cuando ya estaba por llegar a casa resume los acontecimientos de aquel día: un hincha de River increpó a uno de Boca diciéndole "cagón” por “abandonar". El de Boca retrucó. Empezaron a empujarse. Me bajé del colectivo 5 cuadras antes de mi parada. No aguantaba más. Aquella llave de Copa Libertadores quedaría teñida para siempre de violencia y vergüenza.
Los días siguientes fueron la espera del juicio. El escarnio público, no solo de hinchas de River, sino de todos los equipos, se hizo notar en las calles. No es novedad en un país donde la primera fuerza son los hinchas de Boca y la segunda es un grupo heterogéneo, compuesto por el resto. Las versiones fatalistas no faltaron. Que la FIFA pide un castigo ejemplar. Que la Conmebol pretende suspender a Boca cinco años de los torneos internacionales. Ciertos o no los rumores, el clima espeso le sirvió a Angelici para salir casi indemne, con una "victoria" pírrica de Asunción. La única realidad fue una sanción, que puede ser justificada de acuerdo al reglamento, pero inédita en la historia de la Copa Libertadores.
