Paraguay nunca necesitó de un repertorio exuberante para hacerse respetar en el continente. Su prestigio futbolero se construyó muchas veces desde otro lugar: la dureza competitiva, la firmeza defensiva, el juego aéreo, la personalidad y esa sensación de que, enfrente, siempre había un equipo incómodo de vulnerar. Durante un tiempo, esa identidad pareció diluirse. Pero con la llegada de Gustavo Alfaro, la Albirroja volvió a encontrar una de sus marcas más reconocibles y volvió a hacer de la defensa una bandera, rumbo al Mundial 2026.
No se trata solo de un ajuste táctico ni de una buena racha de resultados. En Paraguay hay algo más profundo: una selección que volvió a reconocerse en el espejo de su propia historia. Y ahí está, probablemente, uno de los mayores méritos del entrenador argentino. Más que imponer una idea ajena, Alfaro entendió rápido qué clase de equipo necesitaba construir. No intentó transformar a Paraguay en algo que no es. Lo que hizo fue devolverlo a sus raíces.
Paraguay vuelve a las raíces
En un fútbol sudamericano donde las potencias suelen apoyarse en el brillo individual, Paraguay volvió a fortalecerse desde un lugar mucho más identitario. Sin las grandes figuras de selecciones como Argentina o Brasil, el conjunto guaraní encontró en el orden colectivo, el rigor táctico y la pasión competitiva una manera de volver a meterse en la conversación grande.
Esa lógica no es nueva. Forma parte de su historia. Paraguay siempre fue un equipo que hizo de la concentración, la agresividad en los duelos y el control de las áreas una plataforma para competir. La defensa, en ese sentido, nunca fue un simple recurso de emergencia: fue una forma de ser.
Por eso, cuando el equipo perdió esa solidez, también perdió parte de su esencia. Y cuando la recuperó, recuperó mucho más que resultados.
Una herencia que marca la historia
El ADN defensivo de Paraguay tiene nombres propios y una tradición que se sostiene desde hace décadas. Basta repasar algunas de sus figuras históricas para entenderlo: José Luis Chilavert, Carlos Gamarra, Celso Ayala, Francisco Arce, Denis Caniza, Paulo da Silva o Julio César Cáceres son apenas algunos de los apellidos que construyeron la reputación de una selección que siempre supo hacerse fuerte desde atrás.
A esa línea también se puede sumar una referencia más cercana y muy significativa: el Paraguay de Gerardo Martino en el Mundial de Sudáfrica 2010. Aquel equipo, que alcanzó los cuartos de final por primera vez en su historia, fue probablemente la última gran versión competitiva de la Albirroja en una Copa del Mundo.
No era una selección deslumbrante en el sentido más vistoso del término, pero sí tremendamente seria, intensa y difícil de quebrar. Tenía orden, oficio, concentración y una fortaleza anímica que la volvió durísima para cualquiera. Incluso estuvo a un paso de eliminar a España, que terminaría siendo campeona del mundo.
El equipo de Alfaro no es una copia de aquel equipo, pero sí parece recuperar varias de esas huellas. El compromiso defensivo, la fortaleza mental, la sensación de bloque compacto y la certeza de que, para competir en la élite, primero hay que hacerse fuerte atrás.
El sello de Alfaro en el Mundial 2026
Cuando Gustavo Alfaro asumió en 2024, Paraguay parecía encaminado a otra frustración. El arranque en las Eliminatorias había sido flojo y la sensación general era la de un equipo vulnerable, desordenado y sin respuestas claras. En ese contexto, el técnico argentino encontró mucho más que un problema futbolístico: encontró una selección que había perdido confianza.
Desde entonces, Paraguay empezó a verse como un equipo mucho más corto, disciplinado y confiable. Redujo espacios entre líneas, mejoró el retroceso, defendió mejor el área y volvió a mostrarse firme en los duelos individuales. También ajustó una faceta históricamente clave para la Albirroja: el juego aéreo, tanto en defensa como en ataque.
Los números acompañan esa transformación. En las Eliminatorias Sudamericanas, Paraguay recibió apenas 7 goles en 12 partidos y convirtió 13, una diferencia que expone no solo una mejora defensiva, sino también un equilibrio competitivo muy marcado. Ganó 6 encuentros, entre ellos triunfos resonantes frente a Brasil y Argentina, empató 5 y perdió apenas uno, justamente ante la Verdeamarela como visitante.
Pero la explicación no se agota en la estadística. La verdadera mejora estuvo en la sensación de fiabilidad. Paraguay dejó de ser un equipo expuesto y pasó a ser uno mucho más difícil de lastimar. Y en el fútbol de selecciones, donde muchas veces los detalles inclinan la balanza, esa base puede valer muchísimo.
Alfaro suele repetir que los equipos se construyen desde el orden. En Paraguay, esa idea no solo se sostiene: se transforma en identidad. Cada ajuste táctico, cada movimiento sin pelota y cada decisión dentro del campo responden a una lógica que prioriza el equilibrio como punto de partida.
Gustavo Gómez, el rostro de una identidad
Toda selección que recupera una identidad necesita un símbolo que la represente. En este Paraguay, ese nombre aparece naturalmente en la última línea: Gustavo Gómez.
El defensor de Palmeiras no solo es el capitán de la Albirroja, sino también una síntesis perfecta de lo que el equipo busca expresar. Fuerte en el cuerpo a cuerpo, dominante en el juego aéreo, intenso en los cruces y con liderazgo natural, Gómez encarna esa tradición paraguaya de zagueros de carácter, presencia y autoridad.
A sus 32 años, además, llega al Mundial 2026 con la posibilidad de cumplir una cuenta pendiente personal: disputar por primera vez una Copa del Mundo con Paraguay. En una selección que no se sostiene en nombres estridentes, su figura se vuelve todavía más importante. No solo por lo que aporta futbolísticamente, sino por lo que transmite.
A su alrededor también aparece una camada que ayuda a sostener esa identidad. Desde la irrupción del lateral Diego León, una de las grandes promesas del fútbol paraguayo, hasta jóvenes como Enso González, la sensación es que Paraguay intenta combinar su esencia histórica con una renovación que no le quite su raíz competitiva.
Paraguay: defender para competir en el Mundial 2026
Sería un error leer a este Paraguay únicamente como una selección que “defiende bien”. Porque lo que construyó Alfaro va un poco más allá. La solidez no aparece como una renuncia, sino como una plataforma. Paraguay no se hace fuerte atrás para sobrevivir: lo hace para competir mejor.
Desde esa base, el equipo también encontró herramientas ofensivas. Aprovecha mejor la pelota parada, explota el juego aéreo, administra con más inteligencia los momentos de los partidos y logra ser peligroso sin necesidad de dominar desde la posesión. En otras palabras, entiende muy bien qué tipo de encuentros le convienen y cómo jugarlos.
Esa es, quizás, una de las grandes virtudes de esta versión de la Albirroja: saber exactamente qué quiere ser. En un fútbol sudamericano donde muchas selecciones intentan parecerse a modelos ajenos, el seleccionado guaraní volvió a mirar hacia adentro y encontró una vieja certeza. Cuando se hace fuerte atrás, cuando gana duelos, cuando domina las áreas y cuando se planta con orden y carácter, vuelve a parecerse a sus mejores versiones.
Paraguay volvió a encontrar en la defensa no solo una virtud, sino una forma de reconocerse. Y en tiempos de búsqueda, rumbo al Mundial 2026, pocas cosas pueden ser tan valiosas como recuperar la propia esencia.
