Antes de la Mano de Dios. Antes del Gol del Siglo. Antes de la expulsión de Antonio Rattín en Wembley. Antes incluso de que la Guerra de Malvinas terminara de convertir cada cruce en algo mucho más profundo que un partido de fútbol.
Mucho antes de todo eso hubo un encuentro casi olvidado en las hemerotecas o archivos con diarios amarillentos. Sin saberlo, ese juego inauguró una de las rivalidades más grandes en la historia de los Mundiales.
El 2 de junio de 1962, en Rancagua, Chile, las selecciones de Argentina e Inglaterra se enfrentaron por primera vez en una Copa del Mundo. Había, ese día de otoño en Sudamérica, 9.794 espectadores en el estadio Carlos Dittborn.
Los ingleses ganaron 3-1 y dieron un paso decisivo hacia la clasificación a los cuartos de final, mientras que la Selección comenzaba a desandar el camino hacia una temprana eliminación en fase de grupos.
Nadie imaginaba entonces que aquel partido sería el primero de una serie de enfrentamientos que atravesarían generaciones y convertirían a Argentina vs. Inglaterra en uno de los grandes clásicos mundialistas.
Paradójicamente, esa historia pudo haber comenzado en suelo argentino y no chileno.
El Mundial 1962 que Argentina quería alojar y terminó desarrollándose en Chile
La séptima Copa del Mundo estuvo muy cerca de disputarse en Argentina. El país aparecía como uno de los grandes candidatos a organizar el torneo.
Sin embargo, en el Congreso de la FIFA realizado en Lisboa en 1956, el dirigente chileno Carlos Dittborn pronunció una frase que terminaría cambiando la historia.
“Porque no tenemos nada, queremos hacerlo todo”.
Aquellas palabras resumían el desafío de un país con muchas menos posibilidades económicas que su competidor, pero decidido a organizar el Mundial. Chile ganó ampliamente la votación de los delegados.
La promesa pareció desmoronarse cuatro años después, cuando el terremoto de Valdivia de 1960 devastó buena parte del sur chileno. Sin embargo, lejos de renunciar, el comité organizador reformuló el proyecto, redujo las sedes de 8 a 4 y consiguió cumplir su palabra.
Dittborn, el hombre clave para conseguir la sede, murió de un ataque al corazón un mes antes del comienzo del Mundial. La selección de Chile lució una franja negra en su indumentaria en su memoria y, de hecho, el estadio donde Argentina e Inglaterra iniciaron su historia mundialista llevó el nombre del dirigente trasandino.
El Toto Lorenzo y una “revolución pragmática” que nunca terminó de convencer
Argentina llegaba a Chile con la pesada mochila del fracaso de la Copa del Mundo de Suecia 1958, en la que había tocado fondo. Para iniciar la reconstrucción fue elegido Juan Carlos Lorenzo, un entrenador adelantado a su tiempo, obsesionado con la preparación física, el orden táctico y los métodos europeos.
El Toto pretendía modernizar el fútbol argentino. Pero esa revolución no terminó de convencer a casi nadie: ni a los futbolistas, ni a los dirigentes, ni a los periodistas.
Tiempo después, cuando la revista El Gráfico reconstruyó aquella campaña, varios protagonistas coincidieron en un diagnóstico tan duro como revelador.
Antonio Rattín fue terminante. “Fue la peor Selección en la que jugué. No por los jugadores, sino porque nunca hubo grupo”. El histórico mediocampista recordaba un plantel dividido, con escasa convivencia y una relación distante con el entrenador. Las largas concentraciones, las estrictas normas disciplinarias y los métodos de trabajo y gestión del grupo generaron más resistencia que adhesión.
“Dos días antes, me llama y me dice: ‘Usted va a jugar de ocho, para marcar a Haynes’. Le pregunté si debía seguirlo a muerte y me contestó: ‘Usted lo marca cuando ellos tienen la pelota; cuando la tenemos nosotros, juegue’”, explicó Rattín.
“Me fue mal, cada vez que perdíamos la pelota me daba un trabajo tremendo encontrarla. Esa noche le dije: ‘Ojo que yo cumplí lo que me pidió, así que no me incendie’. Entonces le echó la culpa a Roma y lo sacó para el otro partido”, agregó.
“Yo jugué de cuatro, porque la idea era tomarlo a Bobby Charlton en distintas zonas del campo, en tándem con Rattín. No era mi puesto natural, así que lo sentí. El inglés arrancaba casi como tres y era muy difícil de parar, un gran jugador”, explicó a su turno Vladislao Cap.
José Sanfilippo, autor del único gol argentino frente a Inglaterra, también apuntó contra Lorenzo. “Conocía mucho a los de Europa, pero nada a los argentinos”, dijo.
Argentina vs. Inglaterra, el primer capítulo en un Mundial
El debut argentino había sido alentador, con una victoria sobre Bulgaria por 1-0. Pero el segundo compromiso presentaba un desafío mayor: Inglaterra, que ya comenzaba a construir el equipo que 4 años más tarde levantaría la Copa del Mundo como local. Su máxima figura era Bobby Charlton.
Lorenzo diseñó un plan específico para neutralizarlo. La idea nunca funcionó. Charlton manejó los tiempos del partido, apareció constantemente entre líneas, participó de la elaboración ofensiva y además convirtió el segundo gol inglés.
En una de sus autobiografías, Charlton contó que un joven Antonio Rattín mostró destellos de gran habilidad técnica. Por su parte, aseveró que el delantero José Sanfilippo, de quien se decía que abrumaría a los ingleses, no cumplió con las expectativas en ese encuentro.
A los 17 minutos, Ron Flowers abrió el marcador, de penal. El propio Charlton amplió la ventaja para los ingleses a los 42’, antes del descanso, y Jimmy Greaves liquidó el encuentro a los 67’.
Recién a los 81’, cuando el partido recorría sus últimos minutos, José “Nene” Sanfilippo descontó para establecer el 3-1 definitivo.
La derrota resultó determinante, ya que, por los resultados de la siguiente jornada de ese grupo, Inglaterra avanzó a cuartos de final gracias a una mejor diferencia de gol, mientras que Argentina quedó eliminada tras empatar con Hungría en la última fecha.
Pero el resultado fue apenas una parte de la historia. O, en realidad, la piedra basal de un alto edificio de rivalidad mundialista.
Dante Panzeri, contra la “modernización” y la “europeización” de Lorenzo
Para Dante Panzeri, periodista estrella de El Gráfico, la derrota frente a Inglaterra representaba mucho más que un traspié deportivo. Era el fracaso de una idea.
Desde las páginas del prestigioso semanario, el periodista publicó una de las críticas más recordadas al proyecto de Lorenzo. “El fútbol moderno-práctico de la selección de Juan Carlos Lorenzo sufrió una derrota digna del fútbol más ingenuo y antiguo que puede planearse en esta época. En cualquier lugar del campo, cuatro ingleses indicaban la presencia de dos argentinos. A una subida argentina, cuatro idas y vueltas británicas. Esa fue la proporción de movilidad del partido y en ella está su justo resultado”, escribió en la introducción de un largo texto.
Panzeri encontraba una enorme paradoja. El equipo que pretendía representar la modernidad había sido superado por el que, en teoría, practicaba un fútbol más tradicional.
Y reforzó esa idea en el comentario del partido. “¡Siempre los nuestros son menos! ¡Siempre los ingleses son más! Siempre el fútbol 'antiguo' que están jugando los ingleses supera en anticipo al moderno-europeo que hace jugar Lorenzo”, detalló.
La posición crítica de todo El Gráfico apareció inclusive en un epígrafe de una foto del partido con Inglaterra: en esas líneas se criticaba inclusive que el arquero de la celeste y blanca, Antonio Roma, hubiera utilizado guantes.
“La ‘europeización’ del fútbol argentino incluyó guantes en las manos de Roma para un día de sol espléndido, templado, tibio también. Esas manos devolvieron un remate de Douglas. Entró Greaves y de zurda sancionó el 0-3. Cap no llegó en su cruce”, decía ese epígrafe.
Para la revista, Argentina había perdido parte de su esencia intentando copiar un modelo ajeno. Mientras Inglaterra jugaba como Inglaterra, la Selección buscaba convertirse en una versión europea de sí misma. Ese debate –la identidad o “la Nuestra” frente a la modernización- atravesaría durante décadas al fútbol argentino.
El nacimiento de un clásico planetario: Argentina vs. Inglaterra
En aquella tarde de Rancagua, nada hacía pensar que ese partido se convertiría en el punto de partida de una de las rivalidades más emblemática de los Mundiales.
Cuatro años después, la temperatura subiría a límites insospechados con la expulsión de Antonio Rattín en Wembley. Más tarde aparecerían la Mano de Dios y el Gol del Siglo de Diego Maradona en México 1986.
Luego, ya sin tanta lava volcánica entre ambos, aparecerían el triunfo celeste y blanco por penales en Francia 1998 y la victoria británica gracias a un penal de David Beckham en Corea-Japón 2002.
Como fuere, cada nuevo enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra alimentaba un duelo en el cual el fútbol terminó mezclándose con la política, la memoria y la cultura popular.
Pero el origen fue mucho más silencioso. Fue una tarde de junio de 1962, en un estadio de Rancagua, durante un Mundial que pudo haberse jugado en Argentina.
Allí, cuando todavía no existían ni el polémico cruce de Wembley 1966, ni la Guerra de Malvinas, ni Maradona vestido de diablo y de dios en el imponente Estadio Azteca, comenzó a escribirse un enfrentamiento futbolístico repetido, apasionante y simbólico.
Un clásico convertido en una de las marcas registradas más atrapantes que haya dado la historia de la Copa del Mundo.
