Algunos liderazgos se construyen desde el estruendo, otros que se afirman en el barro silencioso del esfuerzo diario. Greta Liporace pertenece, sin dudas, a esta segunda estirpe. Llevar la cinta de capitana del Club Italiano, hace un lustro, en la máxima categoría del hockey metropolitano- tras haber masticado la dignidad de un subcampeonato y con la vara siempre alta- exige una templanza especial, pero a Gre no la mueve la fría responsabilidad del mando, sino una pertenencia visceral, genuina y transformadora: el amor feroz por su club y por las compañeras que corren a su lado.
En la vorágine de un torneo exigente, donde las fechas dibujan un mapa sinuoso y el torneo se vuelve "un cachito irregular", la mediocampista no pierde la brújula ni la compostura. Sabe que la paz de espíritu que se consigue los sábados de partido, se construye en el frío de la semana. "Estamos bien, entrenando a full y con la tranquilidad de que estamos haciendo todo para que salgan las cosas", resume con esa serenidad propia de quienes no le temen al sacrificio. Para este grupo, la motivación no es un eslogan de ocasión; es la obsesión sana de volver a entrar a los playoffs, de repetir la hazaña y competir por la cima.
Sin embargo, la verdadera fibra de este plantel no se explica únicamente en la tabla de posiciones. En un ecosistema deportivo donde los flashes y las portadas se las llevan con justicia las figuras internacionales, Greta elige girar la cabeza hacia donde la luz no encandila. "Quizás a veces se ven Las Leonas, que obviamente es lo más lindo y lo que más reluce, pero atrás hay un grupo de jugadoras que vienen a entrenar, que se rompen el lomo laburando y entregan todo para poder sumar en esto", remarca con un orgullo que le sale del pecho. Hay ahí un dejo invisible donde convive la frescura de la juventud con el kilometraje de batallas jugadas: un equipo humilde, ordenado y con la convicción intacta de que no hay techo cuando el trabajo es colectivo.
Para entender el liderazgo de Liporace hay que entender su forma de sentir el club. No hay cassette ni frases de compromiso en su voz. La cinta no es una distinción individual; es la extensión del abrigo de una hincha que juega dentro de la cancha. "Soy un poquito enferma del club la verdad, y sí, muy orgullosa de este plantel", confiesa sin rodeos. En esa declaración tan despojada de imposturas reside la verdad del asunto: no se puede pedir entrega si no se ama con esa misma devoción.
El tramo decisivo del año está a la vuelta de la esquina. Hay mística, hay cimiento y, por sobre todas las cosas, hay una capitana que encarna los valores más nobles de la camiseta. Con la humildad como premisa y la pasión insobornable por sus colores, Greta y sus compañeras van por la revancha, sabiendo que cuando la entrega es absoluta y el grupo está unido, el destino siempre guarda un lugar para las que no dejan de intentar.
