Hay rostros que se vuelven parte del paisaje. En Tortuguitas, el paisaje tiene césped, tiene árboles y tiene a Tomás Passerotti agachado sobre la base de un ruck, con la mirada de un ajedrecista y las manos de un cirujano. El próximo 7 de abril, el almanaque marcará los 40 años para él, pero en la cancha el tiempo parece haberse declarado en huelga: hace 20 temporadas que el "9" de Alumni es el dueño de la batuta.
Verlo jugar en el URBA Top 14 Copa Macro es asistir a una clase de autoridad. Passerotti no solo lleva la pelota de un lado a otro; transporta el alma del equipo, donde pasó la mitad de su vida. Maneja a sus forwards con la precisión de un director de orquesta que no permite una nota falsa. Se enoja, ordena, gesticula; sus facciones se endurecen bajo el casco de la concentración porque, para él, el rugby no es un pasatiempo, es un compromiso sagrado con la camiseta que lleva puesta.
Este sábado, en el clásico ante Belgrano (victoria 26-21), volvió a demostrar que el motor sigue bien aceitado. Sin embargo, su paladar negro no le permite el conformismo. "Me parece que los baches estuvieron en defensa, nos entraron muy fácil", soltó con la honestidad de quien ya no tiene que demostrarle nada a nadie. Es que Passerotti analiza el juego con la claridad de quien ha visto pasar mucha agua bajo el puente —y mucho barro bajo los tapones—.
Desde aquel joven que en 2006 empezaba a asomar la cabeza, hasta el capitán que alzó la copa en 2018 cortando la sequía ante Hindú, o el que repitió el ritual en 2024 frente al "Marrón", su carrera es un puente entre generaciones. Pero no le hablen de museos. Cuando se le pregunta cuál es el clásico que más festejó, su respuesta es una declaración de principios: "El de hoy. El que más festejo es el más cercano. No se puede vivir de los recuerdos".
¿Qué mantiene encendido el fuego de un hombre que ya lo ganó todo? La respuesta está en la cultura del club, ese hilo invisible que une a los veteranos de ayer con los juveniles de hoy. "Hay una esencia que se va heredando y nosotros intentamos transmitirla", reflexiona Tomás, entendiendo que su rol hoy es ser el custodio de esos valores.
Pero, por encima de la herencia, está el placer primitivo de la competencia. Esa adrenalina que no se compra en ninguna farmacia: "Lo sigo haciendo porque lo disfruto como a los 20 años. Son pocos los lugares donde entrás a competir con 14 tipos al lado que sienten parecido, dispuestos a dejar lo mismo que uno para lograr algo".
Passerotti es, en definitiva, la síntesis de Alumni. Un jugador que entiende que salir campeón es solo la consecuencia de haber hecho las cosas bien. Mientras las piernas sigan respondiendo al llamado del corazón, el medio scrum seguirá ahí, pegado a la base, escribiendo una página más de esta historia que ya lleva dos décadas y no parece tener punto final.
