La confianza no se construye solamente con palabras. En el fútbol, y mucho más en Boca Juniors, se necesitan resultados que la sostengan. Rodolfo Arruabarrena lo supo desde el comienzo. Por supuesto, había que reconstruir a un equipo golpeado, pero eso no podía estar escindido de las frías matemáticas del fútbol: sumar y sumar. A esta altura, su principal argumento fue una racha que transformó el clima alrededor del plantel y lo llevó hasta la final de la Copa Sudamericana. Un partido que se disfrutará en vivo por el Plan Premium de Disney+.
El recorrido tuvo un tropiezo inicial ante Deportivo Riestra y dificultades para encontrar el funcionamiento. Caminó por la cornisa en la Sudamericana hasta que se sacó de encima a O’Higgins, por penales, después de una derrota por 1-0. Aquel fue un primer alivio, aunque también dejó en evidencia las limitaciones de un plantel que arrastraba viejos fantasmas. Desde allí, no obstante, se produjo un quiebre. Boca hizo el clic. En los 20 partidos siguientes ganó 11 veces, empató ocho y perdió solamente una: el 0-1 ante Vasco da Gama en la Bombonera, cuando no pudo contar con el lesionado Leandro Paredes. Un contraste brutal. No significa que el equipo haya jugado siempre bien ni que haya encontrado una fórmula infalible. La reconstrucción consistió, precisamente, en aprender a competir incluso cuando el rendimiento no acompañaba. Sumar cuando las cosas parecen torcidas es un arte de los equipos ganadores.
La autocrítica, el punto de partida para Arruabarrena
La serie contra O’Higgins fue una primera advertencia. Boca consiguió la clasificación en los penales, pero el desenlace no disimuló las dificultades que había mostrado durante el partido. Arruabarrena eligió no refugiarse en el resultado y expuso su preocupación por el funcionamiento colectivo. “De esta manera serán pocas las victorias que podamos conseguir”, reconoció después de avanzar a la siguiente fase. También admitió que el rival había sido superior y que el equipo necesitaba trabajar para mejorar. El entrenador apuntó a recuperar la confianza de sus futbolistas.
Su diagnóstico fue importante porque estableció una premisa para el resto del recorrido: pasar de ronda era una obligación, pero no alcanzaba para considerar resuelto el problema. Boca necesitaba recuperar la serenidad para jugar, mejorar la precisión y conectar sus líneas. El resultado podía aliviar la presión inmediata. Sin embargo, la evolución futbolística requería otra cosa.
Boca aprendió a ganar sin perder de vista los errores
Contra Deportivo Recoleta, en los octavos de final, Boca encontró una versión más contundente. El triunfo 3-1 en la ida le permitió encarar la revancha con una ventaja importante. En Asunción, el Xeneize volvió a imponerse y cerró la serie con un 4-0, para redondear un global de 7-1. La diferencia de jerarquía se tradujo en goles. Sin embargo, Arruabarrena tampoco quedó atrapado en el resultado.
Después del primer encuentro, lamentó que Boca no hubiera ampliado todavía más la diferencia y advirtió sobre los riesgos que asumía el equipo al buscar situaciones de ataque. “Tenemos que acostumbrarnos a ganar y corregir cosas”, resumió. La frase sintetizó su idea de trabajo: ganar debía convertirse en una costumbre, no en un motivo para dejar de revisar el funcionamiento. Boca necesitaba resultados para recuperar sus fortalezas, pero también regularidad para sostenerlos. El desafío siguiente sería diferente: frente a São Paulo, la eficacia y la capacidad para resistir adquirirían otro peso.
São Paulo: competir también es saber sufrir
Los cuartos de final de la Sudamericana representaron una prueba de madurez. Boca ganó 1-0 en la Bombonera y viajó a Brasil con una ventaja mínima, ante un rival de mayor exigencia y en un escenario que obligaba a administrar cada detalle. De hecho, “el Vasco” advirtió que la serie seguía abierta y que todavía quedaban 90 minutos decisivos.
En el Morumbí, Boca empató 1-1 y consiguió la clasificación. El equipo tuvo que replegarse durante varios pasajes, cedió la posesión y soportó la presión de São Paulo, pero conservó la disciplina defensiva y encontró el gol que necesitaba para sostener su ventaja. No fue una demostración de superioridad durante los 180 minutos. Fue una eliminatoria resuelta desde la seriedad, el sacrificio colectivo y la capacidad para adaptarse a un partido en el que el rival tuvo más iniciativa.
Arruabarrena destacó la capacidad de “saber sufrir” en un estadio repleto y hostil, una virtud esencial para sostener la diferencia y resistir la presión sin perder el equilibrio emocional. Boca empezaba a entender que no todas las series se resolvían de la misma manera. Podía dominar, aprovechar los espacios y convertir varios goles, como ante Recoleta, y también podía necesitar un bloque compacto, paciencia y resistencia, como en Brasil. La evolución no pasaba por imponer siempre un mismo guion, sino por reconocer qué exigía cada partido.
Arruabarrena supo corregir después del golpe
La derrota 0-1 ante Vasco da Gama en la Bombonera volvió a poner a prueba la templanza del equipo. Arruabarrena reconoció que el equipo había estado acelerado e impreciso y que le había costado encontrarle la vuelta al partido. También explicó que la elección de Enner Valencia como titular, en lugar de Miguel Merentiel, respondía a la búsqueda de una mayor presencia en el área y una alternativa en el juego aéreo.
El entrenador no buscó justificar el resultado ni atribuir las dificultades exclusivamente a la ausencia de Paredes. Si bien reconoció el peso del capitán, insistió en que Boca tenía otros futbolistas capaces de ofrecer mejores respuestas. La revancha exigía corregir errores, recuperar la precisión y sostener la ilusión.
En el Maracaná, el equipo azul y oro respondió con una victoria 3-1 y dio vuelta la serie. La contundencia en los momentos decisivos, la eficacia en las áreas y la capacidad para reaccionar ante las dificultades fueron determinantes para alcanzar la final.
La actuación también estuvo marcada por una decisión del entrenador: el ingreso de Paredes durante el segundo tiempo. Después de una semana de discusión por su posible participación, Arruabarrena explicó que había hablado con el capitán y que consideró que ese era el momento adecuado para utilizarlo, con el rival más desgastado. Paredes terminó convirtiendo el gol que selló la clasificación. No fue una reconstrucción lineal ni exenta de problemas. Fue la capacidad para reaccionar ante ellos lo que terminó marcando la diferencia.
Los resultados como respaldo para Boca
La recuperación de Boca no se explica solamente por una mejora futbolística. También se construyó desde el aspecto anímico, la confianza en alza y la convicción de que el equipo podía competir en contextos adversos. Pero esos elementos necesitaban una confirmación concreta: ganar y avanzar en la Sudamericana, el torneo local y la Copa Argentina.
Desde el 2 de agosto, los números del ciclo muestran una regularidad que contrasta con las dificultades de los primeros pasos: 11 victorias, 8 empates y una sola derrota en 20 partidos. Arruabarrena combinó la exigencia con la serenidad. Cuando el equipo jugó mal, lo reconoció. Cuando encontró una fórmula eficaz, pidió no conformarse.
Y cuando una derrota amenazó con desarmar el camino recorrido, buscó transmitir confianza sin negar la necesidad de cambiar. Su Boca pasó de transitar por la cornisa contra O’Higgins a resolver una semifinal adversa contra Vasco da Gama, en el siempre difícil Maracaná.
En el medio aprendió a ganar con contundencia, a resistir bajo presión y a corregir sin perder de vista el objetivo. La reconstrucción no está terminada. La final de la Sudamericana será la prueba clave. Ahora, Boca necesita que el sello que le imprimió Arruabarrena le permita pasar al siguiente nivel: una vuelta olímpica internacional.
